Ancla

Español, Relato

La marabunta llega siempre como una invasión magnífica. Sea un pueblito de traficantes o de artesanos o de pescadores, como es el caso, la estrategia de abordaje no cambia nunca porque no existe. Es llegar y husmear con simpatía. Block de notas, bolígrafo y cámara bastan para que el más discreto acabe confesando su vida y obra, sin economía de sordideces y hambres. Tienen la denuncia atorada en gargantas por donde pasa más fácil el ron que la comida. ¿Ya viste vos a cómo está el quilo de carne o un cartón de huevos? Rondando la escena, siempre hay algunos dados al sí pero no, escondiendo sonrisas bonachonas y eventos no noticiables en las cabezas salitrosas. Y ahí van los muchachos a convencer de hablar, a anotar, a grabar, a fotografiar, a compartir por un instante la ilusión de aquellas gentes que creen que un estudiante de periodismo puede hacer algo por sus vidas. ¿Cuándo va a salir eso? ¿Ustedes son del canal cuatro o del dos? La marabunta llega siempre así, como promesa.

La marabunta tiene quien odie formar parte de una marabunta. Del grupo de doce, al menos cinco no quieren ser periodistas, aunque algunos aún no lo sepan. De esos cinco, una será una reportera premiada, infeliz pero serena. Otro ocupará la zona burocrática y turbia de la profesión para siempre jamás. Un tercero no terminará la carrera y será artesano vanguardista de la estética que dará origen al hipsterdom. La cuarta dará a los padres el diploma para ser colgado en la sala, junto con el de sus hermanos, y se irá a respirar el mundo con los budistas. Mientras estos cuatro desenamorados concuerdan en que esas salidas de campo son la parte más estimulante de la carrera, la quinta las detesta.

Apartada del grupo, ella está sentada debajo de la sombra pichirre de una mata de uvita de playa, con la mirada clavada en un único pescador que continúa en el mar, sentado inmóvil en su lancha, a merced de la violencia de las olas, como en un ejercicio de estoicismo. Está interrogándole va a saber dios qué incertidumbres, qué milagro o qué mierda al horizonte de la península. Tal vez ese hombre sea una fotografía que valga la pena. Una fotografía o algo más. La cámara le parece grosera de repente, un intruso impúdico, no apto para el silencio del hombre suspenso. Una criatura conjetura a salvo por un momento de su condición de pobre denunciado y denunciante. Una criatura de tal vez escapando de su destino de levantarse a las tres de la mañana y hacer jornadas a oscuras y terminarlas a punta de ron barato, cerveza y cocuy. Una criatura quién que busca silencio quién sabe queriendo recapturar su alma cuando esa veterana se quiere hundir con todo y redes.

“¿Y vos qué, ya hiciste el trabajo?”, un entusiasta la interrumpe, se sienta a su lado en actitud de conquista. Ella se irrita, pero se le pasa rápido: es bonito el muchacho, tiene una tozudez tierna que hace que se le disculpe lo inoportuno. Cuando vuelve del coqueteo, ya no existe más la imagen de la lancha y el hombre. No allá. Aquí: una criatura toda para ella, superficie vacante, íntima de tan hipotética.

Entonces juega un rato a ser aprendiz de periodista, hace unas pocas fotos, se engancha en una conversa poco o nada reporteril, no anota nada, pero puede decir que ejercicio cumplido. Los muchachos se van y resta el entusiasta, que insiste en acompañarla. Con un restito de periodismo encima, ella todavía espera el regreso de aquella lancha que cuanto más tiempo pasa más fantasma se vuelve. Mientras ella bebe toda la cerveza que le invitan los pescadores, el muchachito se entrena en perseverancia.

Toman el bus, ella ya achispada, una mezcla de alcohol y de encantamiento. Le pregunta al entusiasta si le parece bonita la idea del pescador anclado en el mar y el muchacho se ríe, sin entender. Ella quiere contarle del paréntesis de irrealidad que él causó y de todos los derrumbes que eso pronostica, pero él pregunta si ella ya está borracha porque él no sabe de qué demonios está hablando. Ella tampoco, pero algo intuye. En el esplendor del último bus de Ruta 6 de la noche, ella le planta un beso feliz, rápidamente tridimensional, antesala de más y más y más hallazgos.

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