¿Cuántos decibeles ha perdido Maracaibo?

Español, Relato

2008

El cementerio parece un hiato en la vida de esta ciudad estrepitosa. Le decimos “El Cuadrado”, un parque gigante y muerto, como una llaga de lepra en el tejido demasiado vivo del casco central. Existe también “El Redondo” y, por lo visto, una extraña manía de referirnos a las cosas y a los lugares por su forma y su color.

Tenemos también un pésimo sentido de coherencia espacio-temporal que nos lleva a mí y a otros cuarenta pasajeros a estar, en pleno mediodía de la ciudad más caliente de Venezuela, metidos como sardinas en este rancho-autobús, preso como siempre entre otras decenas de máquinas de emisión de dióxido de carbono, participantes activos de un embotellamiento, gritón a esta hora como lo es a cualquier otra hora, porque aquí la gente no tiene horario para armar un show.

Por un segundo, tengo ganas de bajarme y terminar de llegar a casa a pie, atravesando el cementerio, lleno también, pero de gente jubilada del ruido. A quién estoy queriendo engañar, si por dentro me estoy carcajeando con los chismes las dos mujeres que, afortunadas, van sentadas a mi lado, o mejor dicho, casi debajo de mí, porque decir que voy de pie en el pasillo es una sutileza muy falsa: estoy apachurrada, exprimida, casi encima de las mujeres que, por cortesía o para evitar ser golpeadas en un frenazo, se ofrecieron a llevar mi cartera y las bolsas del supermercado, groseras en número y tamaño para quien, como yo, anda siempre en bus.

No reclamo: me gusta andar en bus y me gusta que me guste. Me sorprendo pensando en cuán escoñetado y al mismo tiempo divertido, de una retorcida y masoquista manera, es el transporte público en Maracaibo, una ciudad de más de dos millones de habitantes donde la ley es la informalidad y la viveza, y desisto de querer que la gente no sea escandalosa u hostil, porque cómo no serlo, si hasta para agarrar un bus hay que comprometerse en un combate cuerpo a cuerpo. Me carcajeo, esta vez por fuera, me río sola, como los locos, aunque sienta alta la probabilidad de tener un yeyo en un ratito, prefiero quedarme asardinada entre los vivos.

2020

El cementerio parece que quedara cada vez más lejos. Antes, en medio del caos de la ciudad llena, no había hendijas para ver las distancias reales, los caminos, el mapa, es como si siempre hubiésemos estado manejando de noche y con las luces bajas y de repente barrieran las construcciones y nos dejaran en medio de un camino desolado, dentro de un cacharro al que solo le funcionan las altas. Cuanto más vacíos nos quedamos, más grandes se vuelven las dimensiones de este espacio ahora desfigurado y las dificultades para recorrerlas.

Tampoco importan ya los horarios, la ciudad ya no sabe de horas pico y, por más temprano que salga, la espera por un carrito, una buseta o, aunque sea, una chirrinchera, se ha vuelto tan larga que este sol agresivamente perpendicular siempre me calcina la mollera.

Pero algo pasa, algo siempre pasa para que yo pueda visitarte en tu casa callada de “El Cuadrado”. Esta vez tuve la suerte de que fuera un por-puesto. Las santamarías cerradas de tantos comercios, restaurantes, panaderías, pasan por la ventana como una película de posguerra, el viento caliente se arremolina en mi pelo con sus polvorines antiguos y burlones. Un festival de óxidos, hollines, basuras. Un casi silencio. ¿Cuántos decibeles ha perdido Maracaibo? Tanto que te molestaban los gritos y el tránsito desesperado, mi amigo. Hoy el único escándalo son los escombros y vos no estáis para disfrutar conmigo este silencio, alivio amargo, que nos restó.

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