1990: o que fazer após a queda de um muro

Conto/Cuento, Português

O mar pardo. A areia dura. Uma bicicleta mais velha que todas as bicicletas. A casa azul no silêncio do não-turismo. Alice Souza tem dezesseis anos, dezesseis verãos amando essa praia e a certeza de que, com a venda do imóvel, morre uma parte de si.

Alice decide que deixará a bicicleta como patrimônio indissolúvel da vivenda. Ela deve renunciar a essa paisagem, e sua amada companheira não tem por que segui-la. Levar para a cidade uma bicicleta tão oceânica seria enganar-se, querer transformar o amor fugaz dos verãos num matrimônio. –Não, Estrela, minha amiga. Você fica.

Em toda a praia, só há dois lugares proibidos para pedalar, a caverna dos índios e o manguezal vermelho. Um é garantia de um pneu furado; o outro, ser uma mosca numa teia de aranha. E Alice, que bem sabe que todo fim de era está marcado por grandes conquistas, concede a Estrela o derradeiro desejo de explorar o inexplorado. Sabe que esse arrebatamento tem tanto de assassinato quanto de suicídio. Com Estrela ferida de morte, Alice empreende o regresso.

No crepúsculo, a casa não parece tão detonada como dizem seus pais. A cerca de conchas marinhas continua linda, perfeita para ficar se amassando com o garotão que vende ostras e acorda paixões precoces. O portão de madeira está surrado, sim, mas tem o charme dos postais velhos. E o quarto dos bricabraques, ah, quando teria de novo acesso a tanta diversão, centenas de objetos à espera da ressurreição; objetos dos que Estrela, com seu pneu furado e seu aro torto, começa a fazer parte.

Alice nina sua amiga entre as outras bicicletas desmembradas e segue até a cozinha, chamada pelo cheiro da ambrosia da Senhora Arminda, número um absoluto em seu inventário de nostalgias. Arminda, faxina do domingo. Arminda, “Senhora Diana, aqui têm seu cafezinho”. Arminda, marido pescador alcoólatra. Arminda, “cuidado com o bandido das ostras, Alicinha”. Essa mesma Arminda, quem durante dezesseis verãos chegou com ambrosias, canjicas e tortas de bolacha, e iluminou a casa com seu sorriso. Essa mesma Arminda, agora chora nos braços de seu pai.

Os milhões de vezes que ele recusou o mar e ficou sozinho na casa; as comidas, sempre as preferidas dele; a timidez exagerada de Arminda em sua presença e seus vestidos de vadia colona. Entre as elipses e os subtextos de suas lembranças, respira uma história submersa que acaba com a boca de seu pai beijando as lágrimas dessa mulher a quem –não cabe a menor dúvida– ama.

Pela janela, detrás da cena proibida, Alice descobre o carro na garagem. Em algum ponto do desconcerto, sua mãe chegou. Ela corre para o quarto, onde a encontra deitada na cama, lendo pela enésima vez Quem mexeu no meu queijo? –Não chore, meu anjo– lhe diz sem levantar a vista do livro. –O que eu posso fazer se nunca aprendi a fazer ambrosia?

Entre os caules do manguezal vermelho, Alice pune-se com a dor da estreia. Um primeiro sexo desajeitado e sem amor, com fedor de ovo podre. O vendedor de ostras lhe mente amores, encontros futuros, cartas semanais. Seus olhos se parecem com a lua que pendura do céu, plana e branca, como de cartolina. Lembram os de sua mãe, acomodada na cadeira de balanço, posando para a vida.

Um último beijo nas paredes azuis e adeus. No porta-malas do carro, vai Estrela, que convenceu Alice de que com uma mínima re-alfabetização, seria uma bicicleta do mundo. Entre os abacates e a coleção de conchas, vai o cadáver de seu sorriso infantil, não conseguiu deixá-lo entre os bricabraques; o quer com ela, como um postal de quando a vida era vida e não teatro; o quer perto de si, para aguentar o peso das máscaras. No assento dianteiro, seus pais conversam sobre os países da defunta União Soviética, cujas independências estão se contagiando como peças de dominó.

La magia útil

Conto/Cuento, Español

Odio los circos. Odio la idea de los circos. Odio la risa boba de los circos. Odio la gente que ríe la risa boba de los circos. Soy un balde de odio feroz. Un poco por los animales maltratados. Otro poco por los payasos que no dan risa. Pero principalmente por esos estafadores que se hacen llamar magos cuando su magia no es magia, sino truco vulgar. No se equivoquen, tuve una infancia feliz y una adolescencia tragicómica con final aceptable, aunque abierto. No tengo la imaginación atrofiada, es apenas que no soy una comeflor infantiloide. No sufrí un evento traumático, por lo menos no en carne propia. Pero claro que hubo un acontecimiento que transformó mi infantil y genuino desinterés en esta rabia rampante que ahora profeso. Mi odio es un odio con fecha, con nombre y apellido, con coordenadas geográficas.

El circo de los Hermanos Bombita llegó a mi barrio y se instaló en el mismo terreno donde se instalaba, por lo menos una vez al año, el parque de diversiones que dejaba a mi madre enferma de los nervios, por sus aparatos oxidados y su montaña rusa tambaleante. Los Bombita llegaron un miércoles y ya el viernes dieron la primera función. Mis amigos del barrio fueron toditos. Durante días no hablaron de nada que no fuera aquel circo majunche al que pasaron a ir todas las tardes, curiosos por conocer la vida gitana de aquella gente. Qué pereza me daban. Yo, para saciar mi mayor curiosidad, no necesitaba ni siquiera salir de casa. Un muro que no pasaba de la cintura de un adulto me separaba de un mundo que me despertaba muchas más fantasías. Nuestros vecinos, los Quintero. Mamá, papá, hija.

Mamá: Sra. Lola. Dueña de un poder de persuasión capaz de hacer dudar al credo mejor plantado y de una sensualidad que sobrevivía a cualquier tarea doméstica, a cualquier ropa, a cualquier aumento de peso. De día, amiga de largas conversas con mi madre. De noche, la cerca se crecía de moralismos y hasta el amor de los perritos, la de ella y el nuestro, era prohibido. Que esa gente se volvía loca con el alcohol. Que pasaba de todo en esa casa. Que hasta orgías. ¿Mami, qué es una orgía? ¡¿Ay, muchacha, cuándo entraste?! ¡Qué manía la tuya de llegar sin hacer ruido!

Papá: Sr. Alejandro. Pseudo galán a la Richard Gere. Llegaba en las noches, cuando la cerca que nos separaba parecía crecer y las luces se apagaban. “Un pobre hombre que se mataba trabajando” y que, según mis tías y vecinas, lo último que merecía era la esposa putona que tenía, siempre con ese escote de tetas en venta.

Hija: un poco mayor que yo y exótica como su nombre, Pamela. No había cumplido dieciséis y ya era, para mí y mis amigos bicicleteros, la rebelde de la cuadra. Saludaba a todos con un aire de estrella simpática, pero no hablaba con nadie. Ya sabía lo que quería en la vida y lo que quería era mandar a todos a la mierda. Luz de sus padres un día, peste en el siguiente. Mi ídola, ella que era mas bien fea pero en aquel momento nos parecía bella y sexy y ojalá siga siéndolo, que escuchaba Madonna y tenía una perra llamada Madonna y que era bruta en la escuela pero genia en la vida y que decían que era puta y me dolía que le dijeran puta, pero a ella no le dolía porque ser puta, en boca de mis tías, era lo mismo que decir que era libre y se lo daba a quien ella quería cuando ella quería, y si eso es ser puta, entonces está bien ser puta y está bien serlo desde chiquita.

Un circo particular, disponible para mí todas las noches, con publicidad gratis de mis tías y vecinas y que, si la publicidad era cierta, en cualquier momento me sorprendería con un número especial. (Una orgía, ojalá: lo que mi mami no lo explicó, el diccionario me lo cantó clarito). Jueves, viernes, sábado, domingo durante el día, uno que otro lunes: comenzaba la música, comenzaban a llegar los carros, la Sra. Lola que invitaba y mami que ay, gracias, será otro día, porque hoy tengo que, nosotros apurando la cena para guardarnos rapidito y quedar a salvo de las “cosas extrañas” que ocurrían en la casa de los Quintero. Y yo, que sólo esperaba que mi casa se apagara, para escabullirme hasta el patio y sentarme en mi butaca, público de un espectáculo promisor que hasta ahora no había ofrecido más que uno que otro beso infiel y sonidos que, especulando desde mis trece años mal cumplidos y mi repertorio de novelas, denunciaban sexo.

Pero en días de los Hermanos Bombita, mi circo particular también se encircaba. Y un día la Sra. Lola, con pena de mí, le preguntó a mami por qué no me habían llevado al circo todavía. Mi mamá, sintiéndose mal por no haberlo hecho antes, me preguntó si quería ir y yo me encogí de hombros. Sin ganas, entonces no vamos. Y me dio igual. Las ganas que yo venía acumulando desde que los Bombita llegaron eran de decirle al señor del transporte escolar que me esperara un momentico cuando pasábamos por el terreno del circo, mientras yo liberaba a todos los animalitos y los niños y no tan niños, hijos del circo, que ya tenían edad para estar avanzados en el colegio y que, en cambio, estaban ahí, día y noche, cuando no hacían un número, tenían una lista de tareas de mantenimiento que cumplir, según decían mis amigos. Padre payaso borracho y explotador. Madre trapecista deprimida que en cualquier momento se iba a suicidar en escena, lanzándose fuera de la red de seguridad desde el trapecio más alto. Mis ganas eran de prenderle fuego a la carpa de esa gente y decirles que lo que hacían no era gracioso. Mis ganas eran de dejar al descubierto para mis tías, que disfrutaban alegres del espectáculo, que esa gente no era mejor que los Quintero, que ellas encontraban tan monstruosos en sus shows secretos, tan secretos que sólo existían para ellas como conjeturas.

Pero la Sra. Lola no desistía con facilidad. Llegado el día de la última función del circo y todavía sin poder explicarse por qué yo no había ido, decidió invitarme. Antes de aceptar, pregunté si iría Pamela. ¡Claro! Entonces vamos a pedirle permiso a mami. Entonces vamos. Y como la sesión era temprano, mami y papi, amigos diurnos de los Quintero, me dejaron ir.

Pamela parecía tan fastidiada como yo con la fila enorme, pero ella mientras ella se refugiaba en Madonna, que cantaba desde el discman, yo me conformaba con la orquesta de llantos de bebé, carcajadas, regaños, gritos adolescentes de timbres indecisos y chismes en actualización. Pero ahí estaba yo, con mi ídola y su madre. Uña y mugre, a la vista de todos: punto para la chiquita. El olor de borracho sudado y de aceite quemado de los churros me ayudó a imitar la cara de ascofastidio de Pamela. Agarramos buenos puestos, dijo la Sra. Lola que porque ellos eran amigos de los artistas. El show abrió con los payasos y, mientras la platea de desternillaba de reír con sus chistes palurdos, repetidos por todos los malos comediantes del barrio, del país y del mundo, Pamela, con una intimidad sin precedentes, se dedicó a narrarme, personaje a personaje, quién era quién en ese espectáculo lamentable. Los payasos son hermanos, el viejo Bombita, padre de ellos, fue el que empezó el circo y era payaso también, hasta que lo encontraron con un tiro entre ceja y ceja en un puesto de gasolina en la carretera Falcón-Zulia y dicen todos que se lo mereció, hasta los hijos. El más borracho y más gordo, el de la risa gigante, es el marido de la trapecista, mírale el rostro, fíjate cómo no mira el trapecio, cómo no sonríe y cuando sonríe, lo hace como sin ganas imaginas que hoy sí se mate la pobre. Ellos son los padres de este chiquito que hace el número con los poodles, que de tanto andar con los animales ya se le pegó la manía del brinquito y de la alegría sin memoria, pobres perritos tan felices y tan ignorantes de su miseria, yo quiero ser un poodle.

― ¿Y él? ― pregunté.

Pamela había enmudecido con su entrada. Un mago adolescente serísimo, como por concentración o por rabia. Lindo de doler en los ojos. Desamparado en medio de esa gente. El rostro triste de los extraviados. El mago triste jugaba a despedazar a su madre, trapecista del número anterior y asistente de éste, donde su papel era hacerse la descuartizada sin sangre, acostada dentro de una caja.

De vez en cuando, él echaba una miradita al público, claramente buscando a alguien. Hasta que la encontró. Era ella, Pamela. Mi ejemplo a seguir no me defraudaba. Ellos se gustaban y yo los veía y me deleitaba como quien ve una novela en vivo y directo. Hasta que el mago terminó su número y, con él, el único espectáculo posible.

― Él es lo único que sirve en este circo ― me dijo.

Pamela, tristona, volvió a sus audífonos. Yo, sin saber qué decir, intenté concentrarme en los payasos que, una vez más, estaban en el escenario. Dato patético: eran los favoritos del público. De repente sentí que algo me rozaba la oreja. Pamela, cómplice, me prestaba uno de los lados de sus audífonos. “La isla bonita” retumbó en mi cabeza y sentí que a partir de ese momento, algo de su rebeldía/putería había entrado en mí junto con Madonna y agradecí a los Hermanos Bombita por haber auspiciado ese instante.

Cuando llegamos, ya mi madre se estaba poniendo nerviosa. Estaba cayendo la noche y, con ella, la orgificación de la familia Quintero. De hecho, el Sr. papá de Pamela, whisky en mano, estaba sacando las cornetas. Nos saludó con la lengua ya enrollada. Las chicas del can comenzaron a cantar y la pachanga prometía. ¿Seguras que no quieren venir? Gracias, pero no, mañana hay que madrugar. ¡Pero si hoy es viernes! Buenas noches, buenas noches, buenas noches y a guardarnos. Yo lo que más quería era aprovechar el puente que se había creado entre Pamela y yo y consolidarlo con conversas de amigas, con una pijamada, algo, ¡algo! Pero: A guardarnos, dije.

Y yo, a masticarme la frustración debajo de la cobija. Al lado la música y las risas y el baile vibrando. Y de repente, aquella risa. Qué sueño ridículo. Aquella risa gigante del payaso borracho. Sueño, nada. Me asomé por la ventana: eran ellos. La familia Bombita a todo color. Confirmé que mis padres dormían y me vestí otra vez. Salí corriendo calladita y me entretuve mirando la fiesta desde el murito. Si me veían, seguro me llamarían, a esa hora ya a nadie le iban a importar las excusas de mi madre. Pero mis ganas de deshicieron rápido cuando no encontré a Pamela entre los participantes. No debió sorprenderme, ella, igual que yo, no quería nada con esa gente. Si quería, era con un espécimen muy específico dentro de aquel grupo vulgar. Fui hasta la ventana del cuarto de ella. Nadie. Entonces todo hizo sentido. Fui hasta el patio segura de que allí estarían. Y no me equivoqué. Ella debe haber percibido que alguien la miraba porque suspendió un segundo el beso que le daba al mago, ya no tan triste, para mirarme. Me picó el ojo. Y yo, torpemente, intenté picarlo de vuelta. La música camuflaba algo que parecía ser un grito y cuando logramos entender, ya él estaba allí. Pamela vio a su padre y salió corriendo, asustada como nunca pensé que se asustarían las heroínas. El mago, que no había percibido mi presencia, se quedó ahí, mascullando maldiciones en lo oscuro, mientras Pamela era alcanzada por su padre, más pseudo-galán que nunca, más pseudo-padre que nunca, que la enlazaba impertinente y manito suelta, ya borracho de arrastrarse.

Desde la cerca, los seguí hasta la puerta. La Sra. Lola, al ver entrar al marido y a la hija toqueteada, tuvo un segundo de entorpecimiento, de esquivar la mirada de la hija, y huyó a la cocina a preparar una nueva bebida. Y ahí sí, su sensualidad se me volvió piedra.

El mago triste regresó del patio y me vio, yo que ya no estaba ni escondida ni en penumbras, sino con una decepción de luces prendidas encima de mí.

― ¿Y tú, qué? ¿No deberías estar durmiendo? ― Habló más alto de lo que debía.

Le hice una señal pedigüeña para que guardara silencio.

― Yo vivo aquí al lado.

― ¿Estás escapada?

― Mas o menos.

― ¿Estás escapada y lo mejor que se te ocurre es venir aquí? Tú estás muy chiquita para estar tan loca.

― Tengo casi trece. Y no podía dormir.

― Y ahora vas a poder menos.

Sacó un cigarro y se puso a fumar lo que yo, años después, sabría que era marihuana.

― ¿Por qué tú estás siempre tan triste?

El mago adolescente triste me ofreció de su cigarrillo extraño y, no sé por qué, le dije que no. Tal vez fue la infancia queriendo resistir en mí, después de aquella imagen que me lanzaba de cabeza en un mundo adulto, sucio, inexplicable.

― ¿No te gusta ser mago? A mí me gustó el truco aquel, el de desaparecer gente.

― Yo lo quiero es desaparecer de verdad a tanta gente de mierda.

Él apagó el cigarrillo y lo guardó en un estuchito.

― ¿Pero cómo vas a saber quién merece desaparecer?

― De aquí, sólo se salvaría ella.

― Pero eso no es magia, eso es asesinato, secuestro, qué se yo.

― Es magia útil.

De mañana, la cerca que separaba mi casa de la de los Quintero, me pareció más alta que nunca. Desperté con la noticia y con mi madre haciéndose la señal de la cruz por haberme dejado salir con esas perdidas. Mis tías y vecinas, que confirmaron la calidad de monstruos de los Quintero pero que nunca supieron quién era quién en esa casa, tuvieron más razones todavía para decir que Pamela era puta, después de que, aquella madrugada, cuando ya yo dormía, ella y el mago antes triste se fugaron juntos. Juntos, con la alegría de haber encontrado un amparo, lejos de los trapecios y las madres descuartizadas, lejos de las omisiones dolorosas y de un padre que no supo ser padre, lejos del circo de afuera y del de adentro.

La resistencia

Conto/Cuento, Español

En un resumen de noticias, les advierto que la espera me ha dejado con tres sofás con tos y dos mesas con artritis, una nevera con hedentina de aguas olvidadas y un aire acondicionado con metástasis. El ventilador remó y remó sus aspas para secar los charcos de la última lluvia, pero no logró salvar las ropas que ustedes, irresponsables, dejaron en las gavetas más bajas, y a mí no me vengan a reclamar de estos mundos de musgo que están naciendo entre las mangas y los ruedos, porque quién los mandó a irse solamente con lo que tenían puesto. ¿Cómo les digo a las malparidas polillas que respeten por lo menos los rostros de los viejos y el cuaderno de papá, que se coman mejor el álbum de aquel congreso extraño o la pila de periódicos viejos que está debajo de la batea? ¿Qué me hago yo con toda esta gente guardada en las cajas, ahora que esos animaluchos están acabando álbum por álbum con las promesas que ustedes eran?

Gente, mi gente, ¿cuándo es que van a llegar? Mientras ustedes no vuelvan y no tengan el valor de estar aquí dentro y decirme que a pesar de nuestra historia me están dejando, yo voy a esperar, yo me debo a ustedes, yo soy toda fidelidad, toda carencia y prefiero implotarme antes que dejarme invadir.

Si grito socorro es porque la marabunta no tarda en llegar, grito socorro, socorro y no escucho que ustedes vengan. Me desgañito pidiendo salvación y no llegan las risas los gritos la música la corneta del carro el saludo al vecino. Me ardo la tráquea en desespero, pero somos tantos los que aullamos, que nos volvimos canción de ultratumba que los vivos ya no escuchan, porque escuchar duele en la punta de los dedos cuando se está lejos, y ustedes no se despidieron pero alguna idea me hago porque he estado aquí el tiempo suficiente como para saber cuando el paseo es corto y cuando la flecha se curva y se traga a sí misma y uno se vuelve el lugar al que se va de visita a veces, cuando la nostalgia muerde los tobillos.

Me he vuelto esta vergonzosa carencia, un ruido de piedra rota, sueno a legiones de polvo, a mocos mugrosos de hollín, a flema de ácaros y cucarachas gritonas y hambrientas, que por más hambrientas que sean no les ganan a esos que vienen, que están cada vez más cerca, ya siento su tibieza y no se parece a la de ustedes y ¿dónde están ustedes? ¿Dónde están ustedes, si ustedes son aquí y aquí está vacío? ¿Quiénes son ustedes, si ustedes son esto y en esto ya no los veo?

Ya, ya, ya comienzan las miradas, los acercamientos, el tanteo. Ahora están ellos forzando la entrada y no son dos ni tres, ni quince, son muchos, son más y más y siguen llegando. Son fuertes, son bravos, son tercos y me están rodeando ya con saliva en la boca y poros alebrestados.

Yo pido auxilio en mí nombre y en el de nosotros, aunque ya no sepa bien de cuál nosotros hablo, porque me deshago en tantos ripios que no sé cuáles son mis ruinas y cuáles las de mis cosas, pero eso acaba de desimportar porque en vez de llegar ustedes, llegaron ellos, y yo aquí sola, vulnerable, atacable, habitable, con defensas de cartón e importancia de papel periódico meado por perros, y ya me rasgaron la vieja y guerrera piel que tantos besos adolescentes veló y ya me están cortando una oreja y la otra y ya no es suficiente pedir cuidado, porque ahora la ley es pedir clemencia.

¿Donde ustedes están no existe la urgencia? Me han arrancado pestañas uñas cabellos, estoy herida, estoy jadeante, estoy cojeando y ustedes dónde están, que me prometieron más luces, mucho verde, menos rejas, y yo no olvido deudas, yo emplazo, yo exijo.

Dicen que es más seguro dejarse hacer porque si uno grita puede ser peor, pero yo voy a gritar, yo voy a hacerlos llorar de ruido, yo voy a chirriar con cada tubería cable bloque columna viga y cállate, niña intrusa, cállate ya y no me mires, no me toques, niña, que mientras mis dueños no lleguen yo seré una casa en huelga, una casa en guerra, una casa en retirada, niña, no estés cansada, no, no te duermas, no te pienses al fin en paz en mí, niña, no, que yo no tengo ya más corazón para nuevas despedidas.

Patria

Conto/Cuento, Español

Y los caminos de ida

en caminos de regreso se transforman,

porque eso, una puerta giratoria,

no más que eso,

es la Historia.

Bolivia, Jorge Drexler.

Mientras la fila de chilenos llegando a Santiago zigzagueaba en varios pliegues, la de extranjeros se resumía a dos mormones color rosado camarón, una mujer que buscaba algo en su cartera desesperadamente y su niña-copia-somnolienta que no pasaba de los cinco años.

Apenas Nina puso el ojo en ellas, supo que sus pasaportes eran de latitudes tropicales. No sabía decir bien por qué, esta vez no eran los rasgos evidentes que, aunque le dolía, tenía que reconocer, como la voluptuosidad, el embutimiento en el vestuario ni el maquillaje en aquel límite delicado entre la perfección y el abuso. La mujer y su pequeña hija tenían algo así como la impronta, para otros imperceptible, del mucho merengue bailado, del bairro desordenado al que nunca llegará la clasificación de la basura, del afecto que se desparrama en gritos y carcajadas y besos y chistes en las aceras, palcos irrefutables de la historia mínima caribeña.

―¿Próximo? ―pidió Nina, desde atrás del vidrio de su taquilla, aumentando la ansiedad de la mujer, que se acercó con pasos tambaleantes, repartiendo la atención entre seguir revolviendo dentro de la cartera y no perder de vista a su nena.

―Buenas noches. Pasaporte, por favor.

―Buenas noches ―musitó la mujer de sonrisa avergonzada.

La viajante le pasó a Nina los pasaportes, junto con el formulario de migración: Venezuela, de nuevo.

―Necesito el permiso de viaje de la niña.

―Yo sé que está por aquí, ya se lo paso ―dijo la mujer, con la voz ya mojada de llanto.

―¿Primera vez en Chile?

―Sí.

―¿Viene por turismo?

―Sí.

―¿Y cuánto tiempo va a durar su visita?

―Mami, apura, tengo sueño… apúrate ―insistió la nena, restregando la cara contra la cadera de su madre.

―Un mes solamente ―respondió con una voz que comenzó a sonar mendicante. Era tan evidente la artimaña y tan prostituida en los últimos meses que Nina ya no sentía la conmiseración de otros tiempos.

―¡Ah, mire, aquí está el bendito papel!

Aliviada, la mujer le pasó el documento a Nina, que ya preparaba la siguiente exigencia.

―Pero usted no tiene el pasaje de regreso.

―¿Ah?

―Usted sólo tiene el pasaje de venida, no compró el de retorno.

―Ah, sí, sí. Tengo la reserva aquí, pero es que quien lo va a pagar es mi amigo… aquí.

Nina la miró desconfiada. Siempre que salían con la vieja historia de la reserva, ella aprovechaba la bella oportunidad de disfrutar de la parcela de poder que su carrera le ofrecía.

―En el check-in deberían haberle exigido el boleto de regreso.

―Es que mi amigo va a pagarlo en estos días…

―Yo no puedo darle entrada sin el pasaje de regreso.

Desde su efímera cúpula, Nina vio quebrarse a la mujer, que se encurvó sobre la taquilla como si de repente el pánico le hubiera torcido las vértebras.

―¿Mami, por qué estás llorando? ―dijo la niña imitando el llanto de la madre.

―Señora, por favor…

La fila de chilenos miraba atentamente el episodio; de sólo dar una miradita rápida, quedaba claro que la mujer contaba con una hinchada importante entre los colegas pasajeros del vuelo.

―Usted no sabe todo lo que yo he pasado, usted no se imagina…

Mientras mujer e hija lloraban amarga y sonoramente, Nina demoró examinando una y otra vez los documentos, estudió informaciones innecesarias en la pantalla del computador,  fue a hablar con otros funcionarios y azuzó el terror psicológico al señalar desde lejos a la mujer.

―Por favor, por lo que usted más quiera, déjenos entrar.

Y entonces se completaron los cinco eternos minutos que Nina consideraba necesarios para que el susto tuviera su efecto y la historia de la llegada de esa mujer a su futura nueva patria tuviera la gracia del suspenso. Nina estaba convencida de que, sin la mítica de la aventura, los extranjeros podían sufrir del síndrome de la fuga fácil, que los atormenta durante años, haciéndolos sentir poco meritorios del estatus de refugiados. Así había sido con sus padres chilenos cuando llegaron a Venezuela en el 73, después del golpe, y así había sido con ella misma cuando volvió a Chile después del Caracazo. La facilidad de la historia de ellos era una vergüenza en la comunidad mundial de exiliados.

―Bienvenidas.

Sólo varios minutos después del sello mojar las páginas del pasaporte, la mujer logró sonreír. Y entonces Nina sintió que su trabajo estaba hecho.

Cuando terminó su turno, vio que la mujer y la niña, dormida vuelta un bojotico en la hilera de sillas duras, esperaban para ser atendidas en la Oficina de Extranjería, aquel cubículo con luz fría y la bandera de Chile, donde uno va a pedir refugio y a sentirse mal sólo de mirar aquel pedazo de tela nacional que no es el mismo que uno dibujó en la escuela y sobre el que no sabe qué más sentir.

Poco le importaba a Nina que la huída de sus padres y la suya propia fueran en el sentido contrario al de la brújula política de esa mujer. Poco le importaba porque ella sabía que había que estar muy desesperado para aventurarse a llegar sola a un país que nunca se ha pisado, sin pasaje de regreso y con un hijo a cuestas.

Confiada de no haber hecho más que su obligación moral con una compañera migrante que comenzaba su jornada de exilio, se sentó a su lado e intentó ser acogedora.

―¿Difícil dejar la patria, no?

La mujer miró a Nina y Nina quiso ver en ella el desamparo, la incertidumbre, el pedido de socorro ajeno, pero lo que encontró fue el suyo propio.

―Mi patria era mi madre y se me murió. Ahora mi patria es mi hija y ella está conmigo.

Nina, que no tenía ya padres y que ya no planeaba tener hijos, que no tenía perro y había botado al marido, de repente se vio desamparada de una forma irreparablemente nueva. Súbita huérfana de aquel deseo de volver a Venezuela que, treinta años después, aún alimentaba. Huérfana de aquella su patria, porque su patria era en verdad el sueño de su patria y había llegado la hora de aceptar que ese sueño estaba agonizando.

Como é coisa da vida dos mortos, viajar

Conto/Cuento, Português

Antes viajei tão pouco que me sinto roubado pela vida, pai. É sério. E olha que tentei, mas como é caro viajar; como é sempre um luxo viajar; como é coisa da vida dos outros, viajar. Por isso agora, com a mulher na Venezuela, uma filha no Brasil e outra na Alemanha, estou saldando uma dívida antiga comigo mesmo. Não do jeito que eu teria desejado, mas já é algo.

Tinha anos me preparando para essa aposentadoria. Mas é uma grande mentira que alguém possa se preparar coisa nenhuma. Tinha sido necessária tanta degradação, tanto ensañamiento? No começo, para mim só existiu o não entender e o não saber se tinha alguém a quem pedir explicações. Logo vi que não tinha ninguém. Eu sempre tive certeza disso, mas, nos últimos tempos, assustado, comecei a duvidar. O que eu podia fazer agora, no meu novo estado, quais eram minhas novas atribuições, quais as vantagens e quais as limitações? Aliás, tinha limitações? Era o choque da folga prematura.

Aquela sala fria, fechada, metálica, me oprimia. Me mandaram esperar, mas ninguém vinha me dizer nada. Então uma força, uma sucção, me levou de um pulo até um jardim. E lá estavam elas três, La Nené, María e Nana, sendo abraçadas e acariciadas, três rostinhos arrasados, três corações amarrotados como uvas passas. A mesma força que me levou até aí, de repente me fez começar a fazer a dancinha que, tempos atrás, eu tinha convertido em símbolo durante uma viagem familiar a Cuba, numa tentativa de tirar da minha bengala, última aquisição do quebranto, esse peso de velhice e pouca mobilidade, só que agora eu fazia aquilo e só ela, só Maria, me via enquanto eu dançava engraçadinho e terminava com jazz hands e meu tradicional “qué hubo?”.

Me aproximei, invisível e volátil, entre os presentes, e devo confessar que não foi um bom passeio. Não tinha como sê-lo. Ainda bem que durou pouco. De novo fui puxado até o jardim e meu corpo começou a se mexer vez mais e mais outra, num loop dançante e os “que hubo?” como uma espécie de remix sentimental. Era ela, María, que se abstraía de tudo e me fazia acontecer do jeito que ela queria. Eu, chegando dançante no meu funeral, de chapéu de aba curta, bengala e sorrisão.

Deduzi então que existia uma sobrevida, mas que ela não dependia já da minha vontade, e sim daqueles que me pensavam. Batizei esses momentos como “convocações”. Pena que não consigo sistematizar o processo e fazer algum manual para ajudar aos colegas que ainda estão do outro lado da cerca.

Boa menina, tua neta, pai. Me pensar dançando é o melhor jeito de me pensar.

*

Mas, luto é luto, e de um luto pós hospital, pós hospital público de sala e imundícias compartilhadas, não se sai ileso. Nos dias seguintes, os convites foram desastrosos. Os pesadelos se apoderaram das meninas e de La Nené. Aí não tive outra opção a não ser ficar pulando de uma para outra e fugir da agonia que os subconscientes teimavam em lembrar. Mesmo que eu quisesse – e eu não queria – não conseguia ficar muito tempo com ninguém que tivesse vivido a agonia junto comigo.

Então ia visitar a Mamá Ucha, que desde o primeiro dia recuperou as imagens mais bonitas e refrescantes e as usou como tábua de salvação. Eu criança, jogando baseball com meus irmãos sem quase conseguir segurar o taco de beisebol direito. Eu, adolescente, defendendo com unhas e dentes e toda a rebeldia que cabia em meus hormônios meu direito a deixar crescer o cabelo. Eu, na universidade, namorando La Nené, com seu cabelão comprido e pretíssimo, com seu ar tímido-elegante e sua cintura fininha; eu levando-a para conhecer a família.

Foi um refúgio habitar as lembranças dispersas da minha mãe, da minha velha e impossivelmente triste mãe. Coitada da velhinha. Nenhuma mãe no mundo devia sobreviver aos filhos. Isso é um erro da natureza, da física e das metafísicas. Mamá Ucha também escorregava, é claro. Volta e meia se deixava arrastar a imagens do lado besta da saúde e então eu fugia. Ficar era reviver algo que já não me doía no corpo, mas que me espichava a alma, e alma é tudo que eu tenho agora.

*

Demorei um tanto para entender que minha relativa autonomia não se limitava a escolher qual convocação atender, mas que se estendia inclusive a me antecipar e eu mesmo possibilitar as situações. Existia a opção de semear sonhos e lembranças? Esse já era outro patamar. O além começou a ficar mais interessante.

Os colegas daqui, você os conhece bem, pai, são uma quadrilha de defuntos por vocação, alguns realmente queridos e divertidos, e outros — que eram uma praga da que eu fugia em vida e com a que nunca imaginei ter que compartilhar a eternidade —, ficam dando pitaco, exigindo que eu assuma o novo estado e (re)conheça pessoas.

Abuela Herminia manda eles calarem a boca e me aconselha a exercitar mais as convocações autônomas, coisa que ela mesma teria gostado de fazer mais, mas naquela época tinha muita interferência das orações que os parentes faziam para a paz de sua alma e tudo aquilo e ela se deixou convencer daquela ideia do descanso eterno e o céu e ficou esperando e esperando, até que foi tarde demais. Quando percebeu a cilada em que tinha se metido, era tarde: já não era convocada com tanta frequência (embora cada invocação fosse agigantada e amorosa) e tinha sérios problemas para criar ela mesma os momentos; por teimosa, não tinha exercido a devida prática, não tinha o ofício, como se diz, de promover encontros nos sonhos. Então, eu prefiro ouvir a minha avó – umas das poucas pessoas, junto contigo, pai, que, em vida, me faziam querer morrer para encontrá-la.

Você poderia tentar fazer o mesmo que eu, pai. Dá até para tentar ir juntos. Já pensou, você e eu visitando Mamá Ucha? A velhinha ia adorar.

*

Decidi acompanhar María em sua volta ao Brasil, onde ela morava fazia três anos, com Rafael, meu genro, um cara que sorri de dente pelado e de quem eu gosto muito porque ele faz por merecer minha filha.

Claro que eu poderia ir direto, mas lembrei que ela dorme pouco durante os voos e pensei que podia ser uma boa ideia ir de avião, com ela. Foi durante a viagem que fiquei sabendo. Aconteceu que ela não estava dormindo, mas, mesmo assim, me via, me via! Fixava seus olhos em mim e me dirigia cada palavra do monólogo fragmentário de seu pensamento. Eu não só conseguia convocar em sonhos ou lembranças, como nós dois éramos capazes de criar novos momentos, que em vida não vivemos, só pela força das nossas vontades?  Se eu achava que a saudade era a tristeza derivada da incapacidade de criar novas memórias com os seres amados, então nós tínhamos encontrado a forma de matar a saudade.

Você podia ter me contado, pai, dos alcances da comunicação com o além, né? Tudo bem que a gente aprende mais quando experimenta, mas ia me economizar um tempo. Já sei, nem precisa me dizer nada. Tempo é só o que temos, então para que economizar.

Com a nova faculdade em pleno funcionamento, eu queria fazer de conta que estava tudo certo, normal, durante o voo, mas eu não tinha assento. É verdade que eu poderia me sentar em cima de qualquer um no avião, que ninguém ia sentir, mas ela estava me vendo e isso ia deixa-la mais nervosa ainda. Decidi ficar como papagaio no encosto do assento. E ela querendo que eu me sentasse. Lá pelas tantas, me deitei no espaço da saída de emergência e só então ela conseguiu dormir.

O Brasil me chamava mais a atenção porque lá, nas convocações de María, eu permanecia menos gasto, menos doente. Ao ter vivido a parte mais cruenta da minha doença desde a distância, ela estava mais a salvo do horror e por isso seus convites logo ficaram limpas de hospital e viraram as mais felizes. Embora eu sentisse nela, em cada encontro, um remorso que não sabia como desfazer.

No desembarque, em pleno estresse de recuperar as malas, ela se distraiu e eu fui parar de novo com meus colegas. De novo viajando, Morán? Maldita inveja de outro mundo, é igualzinha em tudo que é lugar.

*

Aconteceu então que um dia as minhas três mulheres me chamaram ao mesmo tempo. La Nené, num sonho tranquilo, desses em que a morte e o reencontro não são o assunto principal. Nana, numa lembrança interrompida por imagens de réquiem, mas bonita, afinal. María, numa falsa ou uma nova lembrança.

Isso já tinha acontecido antes, mas até então eu achava que precisava escolher. Assumi que a tele transportação era uma virtude natural do estado defunto, talvez pela tradição que aprendi em vida. Mas a ubiquidade era um assunto novo. Nunca me detive para pensar isso, inclusive porque, até pouco tempo antes de mudar de estado, eu achava que morrer era um ponto final. Nunca contei com esta simpática, embora desajeitada, sobrevida onírico-memorial-performática. O ponto é que aí estávamos, os três eus, em três idades distintas. Você não vai acreditar, pai. Imagina só a cena:

Caminho com Nené em Rubio, onde as ruas que antes percorríamos, na realidade da vigília, alguns anos atrás, hoje são como de E.V.A. e ela tira os sapatos porque diz que quer sentir o fofinho e eu, que não posso ficar para atrás e que não perco oportunidade de desafiar as noções locais de ridículo, também os tiro e não só os tiro como protesto por não ter tido essa ideia antes. É bem fofo mesmo. E é limpo, coisa que minha grima de andar descalço agradece. Como se a cidade toda fosse uma grande escolinha ou um tatame.

Revivo com Nana o momento em que cheguei de Ciudad Ojeda, dirigindo o carro recém-comprado, um mustang prata de duas portas, de 83. Vejo as caras de Nana e de María e são de um brilho que não há dicionário que consiga ter palavras para contar. Primeiro carro da vida delas. Tivemos algum outro quando María era bebê, mas disso nem eu lembro muito bem, imagine ela.

E com María, me permito minha já testada capacidade de invocar soberanamente novas situações. Fazia dias, ela andava me convocando em suas tristezas, entre outras coisas, porque estava prestes a trocar de apartamento e de repente percebeu que esse espaço tinha sido a última morada dela em que eu, de fato (o de vida, digamos), estive presente. O que que eu fiz? Escrevi e encenei (que é o mesmo que viver, no caso) todo um sonho mirabolante, cheio de aventuras imobiliárias, de surrealismos e plasticidades, bem do jeito que ela gosta, que terminava com ela chegando a uma casa chique que ela, ou uma versão rica dela, estava cogitando alugar e quem é que estava lá, na piscina, com os olhos vermelhos e a pele já enrugada de tanto ficar de molho, segurando um mojito na mão? O mesmo que fala. Euzinho, desdobrado e poderoso. Sucesso total e rotundo. Ela parou de se atormentar com esses detalhes técnicos de ir para uma casa que eu não tivesse conhecido; pegou certinho a mensagem: eu estou onde ela estiver e isso nem se discute.

*

Você acha que eu convoquei o senhor o suficiente, pai? Com o tempo, os convites são menos, fala a verdade… Ainda bem que eu deixei uma legião de fãs lá, somando a família e a parentela, os amigos e os conhecidos, as centenas de estudantes que passaram por minhas aulas. Genética boa para a simpatia, mas vergonhosa para a saúde cardiovascular, né, Seu Gonzalo?

Acho que não exagero com minhas expectativas de trotamundos. Nos últimos três anos, fiz ótimos passeios que todo mundo ficou com vontade de repetir. No Brasilzão, já não sou mais um desconhecido. Brinco com meu português aprendido com Zeca Baleiro e aprimorado na base de muito Caetano e Novos Baianos e muitas aulas de literatura e grupos de estudo em que acompanho María, que não termina uma coisa quando já está engatando outra e quando eu for ver já vai estar fazendo pós doc vai saber onde e La Nené e eu só esperando os netinhos.

Com Nana, estou conhecendo uma Europa que nunca pensei que fosse gostar tanto. O alemão está melhorando, mas devo aceitar que daquele lado eu aprendia mais rápido. Também, né, os coleguinhas e parentes deste lado são uma preguiça só e a preguiça é uma doença animicamente transmissível.

Enfim, que sou a inveja dos parceirinhos lá do além, por esta minha sede de mundo e por ter quem me ajude a saciá-la. O corpo que eu tinha virou pó cinzento que foi parar em Paraguaná, na Venezuela; no Guaíba, no Brasil; no Mediterrâneo, na Espanha; e em Varadero, em nossa querida Cuba. Pequenas cerimônias que elas acharam necessárias. E eu, que estava mais nelas do que nas cinzas, dei um jeito de participar ativamente: em Paraguaná, criei toda uma aventura burocrática a partir da necessidade de encontrar uma lancha porque, de outra forma, com a corrente em direção à terra, o pozinho acabaria nas barraquinhas dos turistas e não no alto mar, e ninguém quer isso, por favor. Já na lancha, quando era para o pozinho cair na água, assoprei um vento travesso no sentido contrário e o rostinho de Javier, meu sobrinho, ficou coberto de pó, causando uma gargalhada geral que todo mundo estava precisando, ao meio dessa coisa dilacerante que é uma despedida. Rasgar a cortina de dor que asfixia nesses primeiros dias. O riso que abre os pulmões e as ideias.

No Mediterrâneo, roubei um balão vermelho de uma criança – que ficou chorando horas a desgraçada – e o arrastei até onde estava Nana e o deixei por aí, dançando para ela. A coitada estava frustrada, nunca foi boa com trabalhos manuais, então o pobre do barquinho em que colocou minhas cinzas parecia mais uma balsa-maravilha da engenharia da miséria caribenha, daquelas que os cubanos faziam para chegar a Miami. E como não chorar por uma nova despedida, e como não rir de ver a tentativa-de-barquinho se afundar a escassos centímetros enquanto um balão parece, inexplicavelmente, imantado ao píer.

Em Varadero rimos demais. Maria levou as cinzas num tubo de ensaio. Bem coisa de La Nené fazer isso: roubar um tubo de ensaio do laboratório da universidade e botar as cinzas do professor Morán nele para serem transportadas ilegalmente de um país a outro. O assunto é que lá eu nem precisei mexer no set. Acontece que água salgada entrava e saía sem levar consigo mais do que alguns pontinhos de pó. Se recusava a se misturar. E eu juro que eu não fiz nada. María e Rafa ficaram um tempão tentando “me esvaziar”. Os primeiros minutos, ela ficou tensa, frustrada, mas logo veio o riso, uma luta fodida contra as ondas, mexendo o tubinho, virando o tubinho, submergindo o tubinho, assoprando o tubinho. Altas gargalhadas. Toda tristeza em nós é tragicômica. Uma guachafa absoluta, como em nossos melhores momentos.  

Só no Guaíba, me deixei ir, triste, num barquinho, desta vez bem feitinho. Aí, nem eu estava animado. O dia era cinza e Porto Alegre era uma cidade em que eu queria ter vivido e não deu tempo. Do outro lado também temos nossos altos e baixos. Você sabe bem disso, pai. É claro que ninguém queria ter morrido tão cedo. E menos eu, que tinha uma bucket list que rendia umas cinco ou seis vidas ordinárias. Mas passa. Passa. E tem suas vantagens.

A ubiquidade é um negócio fascinante, pai. Sem passagem, custos de hospedagem nem de alimentação – essa parte eu não gosto, nós, deste lado, não precisamos comer, aliás, não podemos comer, então eu sinto uma fome que não é fome verdadeira senão uma gula da pior categoria, queria comer até explodir de tanta coisa por aí, agora que não preciso me cuidar mais, queria beber toda a água e os sucos e a cerveja e o vinho e todo o líquido que a doença me roubou durante os últimos anos de vida de vivo.

Apesar das reclamações de alguns colegas do além, que querem que eu tenha uma vida de morto sedentário, de jogar dominó e cartas, de passear só com horário agendado, de filosofar a morte, mais chatos em morte do que eram em vida, viajar é o que mais faço. Ah, pai, como é bom viajar; como é coisa da vida dos mortos, viajar.

Liga para a Defesa da Maldade com Objetivos Supérfluos (LIDEMOS) – Terceira parte

Conto/Cuento, Português

AÇÃO 3.7

Conduta em corrida esportiva

Com seu excesso de saúde e força, os atletas são miseráveis e cafonas, como todo ostentador. Uma pequena dose de turismo antidesportivo, transmitido ao vivo pelas TVs e rádios, gerará, aliada à polêmica e à falsa indignação do grande público, reflexões sobre a real importância daquele evento em particular e o absurdo de glorificar pessoas que correm sem precisar ir a lugar nenhum, apenas pela vontade de demonstrar seu poderio quase maquinal.

Instruções:

1.   Dias antes do evento, vá até o lugar e avalie em detalhe as características do mesmo (especial atenção merecem o relevo, o tipo de solo, a altura da calçada).

2.   Estude e pratique em casa possíveis formas de abordagem do alvo, em função de sua condição física e, claro, em relação com as do atleta. Rolamentos e torções de artes marciais como o hapkidô podem resultar muito úteis.

3.   Analise personagens de telenovela que lidem com doenças mentais. Memorize e pratique algumas frases e tiques padrão.

4.   No dia prévio ao evento, quando já estejam sendo colocadas as marcações e preparadas as arquibancadas áreas em que o público poderá ficar, escolha o ponto mais cercado à linha da meta.

5.   Avalie os dispositivos de segurança que separam o público dos corredores, caso existam.

6.   Estude quais os caminhos mais rápidos e seguros até o ponto escolhido e procure informações sobre os horários em que o público começa a chegar no evento, com o objetivo de garantir a disponibilidade do ponto estratégico escolhido.

7.   Se você tiver feito o passo anterior corretamente, como seguramente o fez, você não deve se deparar com surpresas no grande dia. Ocupe seu lugar e espere. Tenha água e lanches à mão: é imprescindível que você esteja em ótimas condições

8.   Localize-se no lugar estratégico escolhido. Desfrute a corrida, mas esteja atento. Seja como um caçador que cuida, a uma distância prudente, sua presa.

9.   Quatro ou cinco metros antes do indiscutível vencedor atingir a meta final, atire-se em cima do atleta e faça-o rolar pelo chão, como aprendido durante o treinamento, enquanto o segundo e terceiro lugar completam o trajeto.

10.  De um beijo no seu alvo e levante-se.

11.  Não se resista: você será levado pela segurança do evento e poderá ser prendido pela polícia. Em câmbio, use o que aprendeu no passo 3: finja demência.

12.  Ofereça as devidas entrevistas e coletivas de imprensa. Sorria e agradeça a todos aqueles que fizeram possível sua façanha. Reivindique as bandeiras da LIDEMOS.

13.  Durma com a felicidade do dever cumprido. Você é um caso raro e deve se sentir exultante; glorioso anti-herói nacional, libertador dos fracos e dos preguiçosos. Você é exemplo a seguir nas nossas lutas.

Liga para a Defesa da Maldade com Objetivos Supérfluos (LIDEMOS) – Segunda parte

Conto/Cuento, Português

AÇÃO 1.5: Conduta nos supermercados

Uma última apimentada no dia do trabalhador regular, para fazê-lo refletir sobre a impossibilidade ontológica da calma: onde termina a jornada laboral, começa a doméstica. Novos imbróglios, novos desafios. Sempre uma nova oportunidade para expandir a paciência.

Instruções:

1.   Analisar o estado geral do estabelecimento: vigilantes, funcionários das diferentes áreas, distribuidores em seus kiosquezinhos de lombo suíno fumegante ou de café latte hiper edulcorado. É muito importante, também, identificar as saídas, as câmeras de segurança, os acessos ao estacionamento, sanitários e demais caminhos de fuga existentes.

2.   Fazer reconhecimento de alvos potenciais. Dar preferência aos clientes que deixam estacionados seus carinhos e, à procura de outros produtos, deixam o mesmo momentaneamente abandonado enquanto se aventuram a caminhar um mínimo de cinco metros.

3.   Escolher o alvo. Difícil decisão que exige do vilão um certo malabarismo entre os dados objetivos obtidos no passo 1 e as infinitas possibilidades do acaso.

4.   Esperar que o alvo esteja com o carrinho cheio. OBS: se o alvo escolhido der sinais de estar terminando a compra e ainda não ter mais de 15 produtos, descartá-lo e escolher novo alvo. Defendemos o impacto menor, não o inexistente.

5.   Esperar a pessoa se distrair e roubar o carrinho dela. O melhor lugar para executar o assalto é na seção de vegetais e frutas, por ser aquela de maiores complicações para transitar e onde os clientes tendem a se concentrar mais na escolha do produto.

6.   Se afastar com a pilhagem, deixá-la em outro ponto do mercado. Se possível, e para ampliar o impacto da ação para além do alvo, deixar cada um dos produtos escolhidos pelo alvo em prateleiras aleatórias do mercado, sempre tomando cuidado de que o lugar de origem do produto se encontre, no mínimo, a quatro corredores de distância do lugar em que está sendo depositado.

7. Sair do estabelecimento com o peito inchado de orgulho pelo honorável desempenho. 

Liga para a Defesa da Maldade com Objetivos Supérfluos (LIDEMOS) – Primeira parte

Conto/Cuento, Português

Assembleia geral – Maio/II 2018

MESTRE DE CERIMÔNIAS:

Com a palavra, o cidadão Secretário de Assuntos Externos, Excelentíssimo senhor Manuel Estanillo, líder absoluto no ranking de vilanias menores no perímetro da cidade.

MANUEL ESTANILLO:

Porque a adversidade sempre soube criar caráter e todos nós bem sabemos disso, venho agora convidar vocês, meus colegas de inomináveis e inestimáveis talentos marginais, a unirmos forças em prol do reconhecimento do nosso vilipendiado labor.

A situação é insustentável: não podemos assistir impávidos a este panorama bipartidário em que ondas de maldade de alto calibre se revezam com enjoativa meiguice, numa clara tentativa de apagar as vozes de aqueles que não se identificam com os extremos. O que resta aos apáticos? Aos que carecem de talento suficiente para a infâmia ou para a bondade rasa? O que sobra para nós? Ser taxados de ruins como os colegas mais ortodoxos e radicais da arte da maldade? Ou ser defendidos qual vítimas e ver nossos atos malignos relativizados, diminuída sua potência a mau-caratismo? Colegas, tais opções obtusas não podem nos satisfazer! O que devemos, nós, vilões de pequeno porte, fazer defronte a tamanho maniqueísmo?

Minha proposta é orquestrar, desde as bases da LIDEMOS, uma grande ofensiva nacional, executada através de atos como alguns dos que estão descritos no memorando que agora mesmo começará a circular entre vocês. Tais ações, meticulosamente desenhadas e articuladas, seriam executadas simultaneamente ao longo do território nacional, no que eu tenho batizado como GRANDE JORNADA PELA DEMOCRACIA DE CARÁTER, e têm o objetivo fundamental de chamar a atenção para a importância de nosso trabalho no destino da nação e de seus cidadãos. Devemos arrinconar de tal forma aos inimigos que não sobre quem não reconheça a importância das maldades de curto alcance para manter em funcionamento a roda da cotidianidade: sem a burocracia que com singular dedicação criamos, sem o trânsito que tão devotamente desorganizamos, sem as manias que com tanta tenacidade espalhamos, o mundo como todos o conhecem não existiria.

SALVE A MALDADE DE CURTO ALCANCE!  SALVE OS OBJETIVOS SUPÉRFLUOS! SALVE A VILANIA DE PEQUENO PORTE!