¿Cuántos decibeles ha perdido Maracaibo?

Español, Relato

2008

El cementerio parece un hiato en la vida de esta ciudad estrepitosa. Le decimos “El Cuadrado”, un parque gigante y muerto, como una llaga de lepra en el tejido demasiado vivo del casco central. Existe también “El Redondo” y, por lo visto, una extraña manía de referirnos a las cosas y a los lugares por su forma y su color.

Tenemos también un pésimo sentido de coherencia espacio-temporal que nos lleva a mí y a otros cuarenta pasajeros a estar, en pleno mediodía de la ciudad más caliente de Venezuela, metidos como sardinas en este rancho-autobús, preso como siempre entre otras decenas de máquinas de emisión de dióxido de carbono, participantes activos de un embotellamiento, gritón a esta hora como lo es a cualquier otra hora, porque aquí la gente no tiene horario para armar un show.

Por un segundo, tengo ganas de bajarme y terminar de llegar a casa a pie, atravesando el cementerio, lleno también, pero de gente jubilada del ruido. A quién estoy queriendo engañar, si por dentro me estoy carcajeando con los chismes las dos mujeres que, afortunadas, van sentadas a mi lado, o mejor dicho, casi debajo de mí, porque decir que voy de pie en el pasillo es una sutileza muy falsa: estoy apachurrada, exprimida, casi encima de las mujeres que, por cortesía o para evitar ser golpeadas en un frenazo, se ofrecieron a llevar mi cartera y las bolsas del supermercado, groseras en número y tamaño para quien, como yo, anda siempre en bus.

No reclamo: me gusta andar en bus y me gusta que me guste. Me sorprendo pensando en cuán escoñetado y al mismo tiempo divertido, de una retorcida y masoquista manera, es el transporte público en Maracaibo, una ciudad de más de dos millones de habitantes donde la ley es la informalidad y la viveza, y desisto de querer que la gente no sea escandalosa u hostil, porque cómo no serlo, si hasta para agarrar un bus hay que comprometerse en un combate cuerpo a cuerpo. Me carcajeo, esta vez por fuera, me río sola, como los locos, aunque sienta alta la probabilidad de tener un yeyo en un ratito, prefiero quedarme asardinada entre los vivos.

2020

El cementerio parece que quedara cada vez más lejos. Antes, en medio del caos de la ciudad llena, no había hendijas para ver las distancias reales, los caminos, el mapa, es como si siempre hubiésemos estado manejando de noche y con las luces bajas y de repente barrieran las construcciones y nos dejaran en medio de un camino desolado, dentro de un cacharro al que solo le funcionan las altas. Cuanto más vacíos nos quedamos, más grandes se vuelven las dimensiones de este espacio ahora desfigurado y las dificultades para recorrerlas.

Tampoco importan ya los horarios, la ciudad ya no sabe de horas pico y, por más temprano que salga, la espera por un carrito, una buseta o, aunque sea, una chirrinchera, se ha vuelto tan larga que este sol agresivamente perpendicular siempre me calcina la mollera.

Pero algo pasa, algo siempre pasa para que yo pueda visitarte en tu casa callada de “El Cuadrado”. Esta vez tuve la suerte de que fuera un por-puesto. Las santamarías cerradas de tantos comercios, restaurantes, panaderías, pasan por la ventana como una película de posguerra, el viento caliente se arremolina en mi pelo con sus polvorines antiguos y burlones. Un festival de óxidos, hollines, basuras. Un casi silencio. ¿Cuántos decibeles ha perdido Maracaibo? Tanto que te molestaban los gritos y el tránsito desesperado, mi amigo. Hoy el único escándalo son los escombros y vos no estáis para disfrutar conmigo este silencio, alivio amargo, que nos restó.

La magia útil

Conto/Cuento, Español

Odio los circos. Odio la idea de los circos. Odio la risa boba de los circos. Odio la gente que ríe la risa boba de los circos. Soy un balde de odio feroz. Un poco por los animales maltratados. Otro poco por los payasos que no dan risa. Pero principalmente por esos estafadores que se hacen llamar magos cuando su magia no es magia, sino truco vulgar. No se equivoquen, tuve una infancia feliz y una adolescencia tragicómica con final aceptable, aunque abierto. No tengo la imaginación atrofiada, es apenas que no soy una comeflor infantiloide. No sufrí un evento traumático, por lo menos no en carne propia. Pero claro que hubo un acontecimiento que transformó mi infantil y genuino desinterés en esta rabia rampante que ahora profeso. Mi odio es un odio con fecha, con nombre y apellido, con coordenadas geográficas.

El circo de los Hermanos Bombita llegó a mi barrio y se instaló en el mismo terreno donde se instalaba, por lo menos una vez al año, el parque de diversiones que dejaba a mi madre enferma de los nervios, por sus aparatos oxidados y su montaña rusa tambaleante. Los Bombita llegaron un miércoles y ya el viernes dieron la primera función. Mis amigos del barrio fueron toditos. Durante días no hablaron de nada que no fuera aquel circo majunche al que pasaron a ir todas las tardes, curiosos por conocer la vida gitana de aquella gente. Qué pereza me daban. Yo, para saciar mi mayor curiosidad, no necesitaba ni siquiera salir de casa. Un muro que no pasaba de la cintura de un adulto me separaba de un mundo que me despertaba muchas más fantasías. Nuestros vecinos, los Quintero. Mamá, papá, hija.

Mamá: Sra. Lola. Dueña de un poder de persuasión capaz de hacer dudar al credo mejor plantado y de una sensualidad que sobrevivía a cualquier tarea doméstica, a cualquier ropa, a cualquier aumento de peso. De día, amiga de largas conversas con mi madre. De noche, la cerca se crecía de moralismos y hasta el amor de los perritos, la de ella y el nuestro, era prohibido. Que esa gente se volvía loca con el alcohol. Que pasaba de todo en esa casa. Que hasta orgías. ¿Mami, qué es una orgía? ¡¿Ay, muchacha, cuándo entraste?! ¡Qué manía la tuya de llegar sin hacer ruido!

Papá: Sr. Alejandro. Pseudo galán a la Richard Gere. Llegaba en las noches, cuando la cerca que nos separaba parecía crecer y las luces se apagaban. “Un pobre hombre que se mataba trabajando” y que, según mis tías y vecinas, lo último que merecía era la esposa putona que tenía, siempre con ese escote de tetas en venta.

Hija: un poco mayor que yo y exótica como su nombre, Pamela. No había cumplido dieciséis y ya era, para mí y mis amigos bicicleteros, la rebelde de la cuadra. Saludaba a todos con un aire de estrella simpática, pero no hablaba con nadie. Ya sabía lo que quería en la vida y lo que quería era mandar a todos a la mierda. Luz de sus padres un día, peste en el siguiente. Mi ídola, ella que era mas bien fea pero en aquel momento nos parecía bella y sexy y ojalá siga siéndolo, que escuchaba Madonna y tenía una perra llamada Madonna y que era bruta en la escuela pero genia en la vida y que decían que era puta y me dolía que le dijeran puta, pero a ella no le dolía porque ser puta, en boca de mis tías, era lo mismo que decir que era libre y se lo daba a quien ella quería cuando ella quería, y si eso es ser puta, entonces está bien ser puta y está bien serlo desde chiquita.

Un circo particular, disponible para mí todas las noches, con publicidad gratis de mis tías y vecinas y que, si la publicidad era cierta, en cualquier momento me sorprendería con un número especial. (Una orgía, ojalá: lo que mi mami no lo explicó, el diccionario me lo cantó clarito). Jueves, viernes, sábado, domingo durante el día, uno que otro lunes: comenzaba la música, comenzaban a llegar los carros, la Sra. Lola que invitaba y mami que ay, gracias, será otro día, porque hoy tengo que, nosotros apurando la cena para guardarnos rapidito y quedar a salvo de las “cosas extrañas” que ocurrían en la casa de los Quintero. Y yo, que sólo esperaba que mi casa se apagara, para escabullirme hasta el patio y sentarme en mi butaca, público de un espectáculo promisor que hasta ahora no había ofrecido más que uno que otro beso infiel y sonidos que, especulando desde mis trece años mal cumplidos y mi repertorio de novelas, denunciaban sexo.

Pero en días de los Hermanos Bombita, mi circo particular también se encircaba. Y un día la Sra. Lola, con pena de mí, le preguntó a mami por qué no me habían llevado al circo todavía. Mi mamá, sintiéndose mal por no haberlo hecho antes, me preguntó si quería ir y yo me encogí de hombros. Sin ganas, entonces no vamos. Y me dio igual. Las ganas que yo venía acumulando desde que los Bombita llegaron eran de decirle al señor del transporte escolar que me esperara un momentico cuando pasábamos por el terreno del circo, mientras yo liberaba a todos los animalitos y los niños y no tan niños, hijos del circo, que ya tenían edad para estar avanzados en el colegio y que, en cambio, estaban ahí, día y noche, cuando no hacían un número, tenían una lista de tareas de mantenimiento que cumplir, según decían mis amigos. Padre payaso borracho y explotador. Madre trapecista deprimida que en cualquier momento se iba a suicidar en escena, lanzándose fuera de la red de seguridad desde el trapecio más alto. Mis ganas eran de prenderle fuego a la carpa de esa gente y decirles que lo que hacían no era gracioso. Mis ganas eran de dejar al descubierto para mis tías, que disfrutaban alegres del espectáculo, que esa gente no era mejor que los Quintero, que ellas encontraban tan monstruosos en sus shows secretos, tan secretos que sólo existían para ellas como conjeturas.

Pero la Sra. Lola no desistía con facilidad. Llegado el día de la última función del circo y todavía sin poder explicarse por qué yo no había ido, decidió invitarme. Antes de aceptar, pregunté si iría Pamela. ¡Claro! Entonces vamos a pedirle permiso a mami. Entonces vamos. Y como la sesión era temprano, mami y papi, amigos diurnos de los Quintero, me dejaron ir.

Pamela parecía tan fastidiada como yo con la fila enorme, pero ella mientras ella se refugiaba en Madonna, que cantaba desde el discman, yo me conformaba con la orquesta de llantos de bebé, carcajadas, regaños, gritos adolescentes de timbres indecisos y chismes en actualización. Pero ahí estaba yo, con mi ídola y su madre. Uña y mugre, a la vista de todos: punto para la chiquita. El olor de borracho sudado y de aceite quemado de los churros me ayudó a imitar la cara de ascofastidio de Pamela. Agarramos buenos puestos, dijo la Sra. Lola que porque ellos eran amigos de los artistas. El show abrió con los payasos y, mientras la platea de desternillaba de reír con sus chistes palurdos, repetidos por todos los malos comediantes del barrio, del país y del mundo, Pamela, con una intimidad sin precedentes, se dedicó a narrarme, personaje a personaje, quién era quién en ese espectáculo lamentable. Los payasos son hermanos, el viejo Bombita, padre de ellos, fue el que empezó el circo y era payaso también, hasta que lo encontraron con un tiro entre ceja y ceja en un puesto de gasolina en la carretera Falcón-Zulia y dicen todos que se lo mereció, hasta los hijos. El más borracho y más gordo, el de la risa gigante, es el marido de la trapecista, mírale el rostro, fíjate cómo no mira el trapecio, cómo no sonríe y cuando sonríe, lo hace como sin ganas imaginas que hoy sí se mate la pobre. Ellos son los padres de este chiquito que hace el número con los poodles, que de tanto andar con los animales ya se le pegó la manía del brinquito y de la alegría sin memoria, pobres perritos tan felices y tan ignorantes de su miseria, yo quiero ser un poodle.

― ¿Y él? ― pregunté.

Pamela había enmudecido con su entrada. Un mago adolescente serísimo, como por concentración o por rabia. Lindo de doler en los ojos. Desamparado en medio de esa gente. El rostro triste de los extraviados. El mago triste jugaba a despedazar a su madre, trapecista del número anterior y asistente de éste, donde su papel era hacerse la descuartizada sin sangre, acostada dentro de una caja.

De vez en cuando, él echaba una miradita al público, claramente buscando a alguien. Hasta que la encontró. Era ella, Pamela. Mi ejemplo a seguir no me defraudaba. Ellos se gustaban y yo los veía y me deleitaba como quien ve una novela en vivo y directo. Hasta que el mago terminó su número y, con él, el único espectáculo posible.

― Él es lo único que sirve en este circo ― me dijo.

Pamela, tristona, volvió a sus audífonos. Yo, sin saber qué decir, intenté concentrarme en los payasos que, una vez más, estaban en el escenario. Dato patético: eran los favoritos del público. De repente sentí que algo me rozaba la oreja. Pamela, cómplice, me prestaba uno de los lados de sus audífonos. “La isla bonita” retumbó en mi cabeza y sentí que a partir de ese momento, algo de su rebeldía/putería había entrado en mí junto con Madonna y agradecí a los Hermanos Bombita por haber auspiciado ese instante.

Cuando llegamos, ya mi madre se estaba poniendo nerviosa. Estaba cayendo la noche y, con ella, la orgificación de la familia Quintero. De hecho, el Sr. papá de Pamela, whisky en mano, estaba sacando las cornetas. Nos saludó con la lengua ya enrollada. Las chicas del can comenzaron a cantar y la pachanga prometía. ¿Seguras que no quieren venir? Gracias, pero no, mañana hay que madrugar. ¡Pero si hoy es viernes! Buenas noches, buenas noches, buenas noches y a guardarnos. Yo lo que más quería era aprovechar el puente que se había creado entre Pamela y yo y consolidarlo con conversas de amigas, con una pijamada, algo, ¡algo! Pero: A guardarnos, dije.

Y yo, a masticarme la frustración debajo de la cobija. Al lado la música y las risas y el baile vibrando. Y de repente, aquella risa. Qué sueño ridículo. Aquella risa gigante del payaso borracho. Sueño, nada. Me asomé por la ventana: eran ellos. La familia Bombita a todo color. Confirmé que mis padres dormían y me vestí otra vez. Salí corriendo calladita y me entretuve mirando la fiesta desde el murito. Si me veían, seguro me llamarían, a esa hora ya a nadie le iban a importar las excusas de mi madre. Pero mis ganas de deshicieron rápido cuando no encontré a Pamela entre los participantes. No debió sorprenderme, ella, igual que yo, no quería nada con esa gente. Si quería, era con un espécimen muy específico dentro de aquel grupo vulgar. Fui hasta la ventana del cuarto de ella. Nadie. Entonces todo hizo sentido. Fui hasta el patio segura de que allí estarían. Y no me equivoqué. Ella debe haber percibido que alguien la miraba porque suspendió un segundo el beso que le daba al mago, ya no tan triste, para mirarme. Me picó el ojo. Y yo, torpemente, intenté picarlo de vuelta. La música camuflaba algo que parecía ser un grito y cuando logramos entender, ya él estaba allí. Pamela vio a su padre y salió corriendo, asustada como nunca pensé que se asustarían las heroínas. El mago, que no había percibido mi presencia, se quedó ahí, mascullando maldiciones en lo oscuro, mientras Pamela era alcanzada por su padre, más pseudo-galán que nunca, más pseudo-padre que nunca, que la enlazaba impertinente y manito suelta, ya borracho de arrastrarse.

Desde la cerca, los seguí hasta la puerta. La Sra. Lola, al ver entrar al marido y a la hija toqueteada, tuvo un segundo de entorpecimiento, de esquivar la mirada de la hija, y huyó a la cocina a preparar una nueva bebida. Y ahí sí, su sensualidad se me volvió piedra.

El mago triste regresó del patio y me vio, yo que ya no estaba ni escondida ni en penumbras, sino con una decepción de luces prendidas encima de mí.

― ¿Y tú, qué? ¿No deberías estar durmiendo? ― Habló más alto de lo que debía.

Le hice una señal pedigüeña para que guardara silencio.

― Yo vivo aquí al lado.

― ¿Estás escapada?

― Mas o menos.

― ¿Estás escapada y lo mejor que se te ocurre es venir aquí? Tú estás muy chiquita para estar tan loca.

― Tengo casi trece. Y no podía dormir.

― Y ahora vas a poder menos.

Sacó un cigarro y se puso a fumar lo que yo, años después, sabría que era marihuana.

― ¿Por qué tú estás siempre tan triste?

El mago adolescente triste me ofreció de su cigarrillo extraño y, no sé por qué, le dije que no. Tal vez fue la infancia queriendo resistir en mí, después de aquella imagen que me lanzaba de cabeza en un mundo adulto, sucio, inexplicable.

― ¿No te gusta ser mago? A mí me gustó el truco aquel, el de desaparecer gente.

― Yo lo quiero es desaparecer de verdad a tanta gente de mierda.

Él apagó el cigarrillo y lo guardó en un estuchito.

― ¿Pero cómo vas a saber quién merece desaparecer?

― De aquí, sólo se salvaría ella.

― Pero eso no es magia, eso es asesinato, secuestro, qué se yo.

― Es magia útil.

De mañana, la cerca que separaba mi casa de la de los Quintero, me pareció más alta que nunca. Desperté con la noticia y con mi madre haciéndose la señal de la cruz por haberme dejado salir con esas perdidas. Mis tías y vecinas, que confirmaron la calidad de monstruos de los Quintero pero que nunca supieron quién era quién en esa casa, tuvieron más razones todavía para decir que Pamela era puta, después de que, aquella madrugada, cuando ya yo dormía, ella y el mago antes triste se fugaron juntos. Juntos, con la alegría de haber encontrado un amparo, lejos de los trapecios y las madres descuartizadas, lejos de las omisiones dolorosas y de un padre que no supo ser padre, lejos del circo de afuera y del de adentro.

La resistencia

Conto/Cuento, Español

En un resumen de noticias, les advierto que la espera me ha dejado con tres sofás con tos y dos mesas con artritis, una nevera con hedentina de aguas olvidadas y un aire acondicionado con metástasis. El ventilador remó y remó sus aspas para secar los charcos de la última lluvia, pero no logró salvar las ropas que ustedes, irresponsables, dejaron en las gavetas más bajas, y a mí no me vengan a reclamar de estos mundos de musgo que están naciendo entre las mangas y los ruedos, porque quién los mandó a irse solamente con lo que tenían puesto. ¿Cómo les digo a las malparidas polillas que respeten por lo menos los rostros de los viejos y el cuaderno de papá, que se coman mejor el álbum de aquel congreso extraño o la pila de periódicos viejos que está debajo de la batea? ¿Qué me hago yo con toda esta gente guardada en las cajas, ahora que esos animaluchos están acabando álbum por álbum con las promesas que ustedes eran?

Gente, mi gente, ¿cuándo es que van a llegar? Mientras ustedes no vuelvan y no tengan el valor de estar aquí dentro y decirme que a pesar de nuestra historia me están dejando, yo voy a esperar, yo me debo a ustedes, yo soy toda fidelidad, toda carencia y prefiero implotarme antes que dejarme invadir.

Si grito socorro es porque la marabunta no tarda en llegar, grito socorro, socorro y no escucho que ustedes vengan. Me desgañito pidiendo salvación y no llegan las risas los gritos la música la corneta del carro el saludo al vecino. Me ardo la tráquea en desespero, pero somos tantos los que aullamos, que nos volvimos canción de ultratumba que los vivos ya no escuchan, porque escuchar duele en la punta de los dedos cuando se está lejos, y ustedes no se despidieron pero alguna idea me hago porque he estado aquí el tiempo suficiente como para saber cuando el paseo es corto y cuando la flecha se curva y se traga a sí misma y uno se vuelve el lugar al que se va de visita a veces, cuando la nostalgia muerde los tobillos.

Me he vuelto esta vergonzosa carencia, un ruido de piedra rota, sueno a legiones de polvo, a mocos mugrosos de hollín, a flema de ácaros y cucarachas gritonas y hambrientas, que por más hambrientas que sean no les ganan a esos que vienen, que están cada vez más cerca, ya siento su tibieza y no se parece a la de ustedes y ¿dónde están ustedes? ¿Dónde están ustedes, si ustedes son aquí y aquí está vacío? ¿Quiénes son ustedes, si ustedes son esto y en esto ya no los veo?

Ya, ya, ya comienzan las miradas, los acercamientos, el tanteo. Ahora están ellos forzando la entrada y no son dos ni tres, ni quince, son muchos, son más y más y siguen llegando. Son fuertes, son bravos, son tercos y me están rodeando ya con saliva en la boca y poros alebrestados.

Yo pido auxilio en mí nombre y en el de nosotros, aunque ya no sepa bien de cuál nosotros hablo, porque me deshago en tantos ripios que no sé cuáles son mis ruinas y cuáles las de mis cosas, pero eso acaba de desimportar porque en vez de llegar ustedes, llegaron ellos, y yo aquí sola, vulnerable, atacable, habitable, con defensas de cartón e importancia de papel periódico meado por perros, y ya me rasgaron la vieja y guerrera piel que tantos besos adolescentes veló y ya me están cortando una oreja y la otra y ya no es suficiente pedir cuidado, porque ahora la ley es pedir clemencia.

¿Donde ustedes están no existe la urgencia? Me han arrancado pestañas uñas cabellos, estoy herida, estoy jadeante, estoy cojeando y ustedes dónde están, que me prometieron más luces, mucho verde, menos rejas, y yo no olvido deudas, yo emplazo, yo exijo.

Dicen que es más seguro dejarse hacer porque si uno grita puede ser peor, pero yo voy a gritar, yo voy a hacerlos llorar de ruido, yo voy a chirriar con cada tubería cable bloque columna viga y cállate, niña intrusa, cállate ya y no me mires, no me toques, niña, que mientras mis dueños no lleguen yo seré una casa en huelga, una casa en guerra, una casa en retirada, niña, no estés cansada, no, no te duermas, no te pienses al fin en paz en mí, niña, no, que yo no tengo ya más corazón para nuevas despedidas.

Patria

Conto/Cuento, Español

Y los caminos de ida

en caminos de regreso se transforman,

porque eso, una puerta giratoria,

no más que eso,

es la Historia.

Bolivia, Jorge Drexler.

Mientras la fila de chilenos llegando a Santiago zigzagueaba en varios pliegues, la de extranjeros se resumía a dos mormones color rosado camarón, una mujer que buscaba algo en su cartera desesperadamente y su niña-copia-somnolienta que no pasaba de los cinco años.

Apenas Nina puso el ojo en ellas, supo que sus pasaportes eran de latitudes tropicales. No sabía decir bien por qué, esta vez no eran los rasgos evidentes que, aunque le dolía, tenía que reconocer, como la voluptuosidad, el embutimiento en el vestuario ni el maquillaje en aquel límite delicado entre la perfección y el abuso. La mujer y su pequeña hija tenían algo así como la impronta, para otros imperceptible, del mucho merengue bailado, del bairro desordenado al que nunca llegará la clasificación de la basura, del afecto que se desparrama en gritos y carcajadas y besos y chistes en las aceras, palcos irrefutables de la historia mínima caribeña.

―¿Próximo? ―pidió Nina, desde atrás del vidrio de su taquilla, aumentando la ansiedad de la mujer, que se acercó con pasos tambaleantes, repartiendo la atención entre seguir revolviendo dentro de la cartera y no perder de vista a su nena.

―Buenas noches. Pasaporte, por favor.

―Buenas noches ―musitó la mujer de sonrisa avergonzada.

La viajante le pasó a Nina los pasaportes, junto con el formulario de migración: Venezuela, de nuevo.

―Necesito el permiso de viaje de la niña.

―Yo sé que está por aquí, ya se lo paso ―dijo la mujer, con la voz ya mojada de llanto.

―¿Primera vez en Chile?

―Sí.

―¿Viene por turismo?

―Sí.

―¿Y cuánto tiempo va a durar su visita?

―Mami, apura, tengo sueño… apúrate ―insistió la nena, restregando la cara contra la cadera de su madre.

―Un mes solamente ―respondió con una voz que comenzó a sonar mendicante. Era tan evidente la artimaña y tan prostituida en los últimos meses que Nina ya no sentía la conmiseración de otros tiempos.

―¡Ah, mire, aquí está el bendito papel!

Aliviada, la mujer le pasó el documento a Nina, que ya preparaba la siguiente exigencia.

―Pero usted no tiene el pasaje de regreso.

―¿Ah?

―Usted sólo tiene el pasaje de venida, no compró el de retorno.

―Ah, sí, sí. Tengo la reserva aquí, pero es que quien lo va a pagar es mi amigo… aquí.

Nina la miró desconfiada. Siempre que salían con la vieja historia de la reserva, ella aprovechaba la bella oportunidad de disfrutar de la parcela de poder que su carrera le ofrecía.

―En el check-in deberían haberle exigido el boleto de regreso.

―Es que mi amigo va a pagarlo en estos días…

―Yo no puedo darle entrada sin el pasaje de regreso.

Desde su efímera cúpula, Nina vio quebrarse a la mujer, que se encurvó sobre la taquilla como si de repente el pánico le hubiera torcido las vértebras.

―¿Mami, por qué estás llorando? ―dijo la niña imitando el llanto de la madre.

―Señora, por favor…

La fila de chilenos miraba atentamente el episodio; de sólo dar una miradita rápida, quedaba claro que la mujer contaba con una hinchada importante entre los colegas pasajeros del vuelo.

―Usted no sabe todo lo que yo he pasado, usted no se imagina…

Mientras mujer e hija lloraban amarga y sonoramente, Nina demoró examinando una y otra vez los documentos, estudió informaciones innecesarias en la pantalla del computador,  fue a hablar con otros funcionarios y azuzó el terror psicológico al señalar desde lejos a la mujer.

―Por favor, por lo que usted más quiera, déjenos entrar.

Y entonces se completaron los cinco eternos minutos que Nina consideraba necesarios para que el susto tuviera su efecto y la historia de la llegada de esa mujer a su futura nueva patria tuviera la gracia del suspenso. Nina estaba convencida de que, sin la mítica de la aventura, los extranjeros podían sufrir del síndrome de la fuga fácil, que los atormenta durante años, haciéndolos sentir poco meritorios del estatus de refugiados. Así había sido con sus padres chilenos cuando llegaron a Venezuela en el 73, después del golpe, y así había sido con ella misma cuando volvió a Chile después del Caracazo. La facilidad de la historia de ellos era una vergüenza en la comunidad mundial de exiliados.

―Bienvenidas.

Sólo varios minutos después del sello mojar las páginas del pasaporte, la mujer logró sonreír. Y entonces Nina sintió que su trabajo estaba hecho.

Cuando terminó su turno, vio que la mujer y la niña, dormida vuelta un bojotico en la hilera de sillas duras, esperaban para ser atendidas en la Oficina de Extranjería, aquel cubículo con luz fría y la bandera de Chile, donde uno va a pedir refugio y a sentirse mal sólo de mirar aquel pedazo de tela nacional que no es el mismo que uno dibujó en la escuela y sobre el que no sabe qué más sentir.

Poco le importaba a Nina que la huída de sus padres y la suya propia fueran en el sentido contrario al de la brújula política de esa mujer. Poco le importaba porque ella sabía que había que estar muy desesperado para aventurarse a llegar sola a un país que nunca se ha pisado, sin pasaje de regreso y con un hijo a cuestas.

Confiada de no haber hecho más que su obligación moral con una compañera migrante que comenzaba su jornada de exilio, se sentó a su lado e intentó ser acogedora.

―¿Difícil dejar la patria, no?

La mujer miró a Nina y Nina quiso ver en ella el desamparo, la incertidumbre, el pedido de socorro ajeno, pero lo que encontró fue el suyo propio.

―Mi patria era mi madre y se me murió. Ahora mi patria es mi hija y ella está conmigo.

Nina, que no tenía ya padres y que ya no planeaba tener hijos, que no tenía perro y había botado al marido, de repente se vio desamparada de una forma irreparablemente nueva. Súbita huérfana de aquel deseo de volver a Venezuela que, treinta años después, aún alimentaba. Huérfana de aquella su patria, porque su patria era en verdad el sueño de su patria y había llegado la hora de aceptar que ese sueño estaba agonizando.

Ancla

Español, Relato

La marabunta llega siempre como una invasión magnífica. Sea un pueblito de traficantes o de artesanos o de pescadores, como es el caso, la estrategia de abordaje no cambia nunca porque no existe. Es llegar y husmear con simpatía. Block de notas, bolígrafo y cámara bastan para que el más discreto acabe confesando su vida y obra, sin economía de sordideces y hambres. Tienen la denuncia atorada en gargantas por donde pasa más fácil el ron que la comida. ¿Ya viste vos a cómo está el quilo de carne o un cartón de huevos? Rondando la escena, siempre hay algunos dados al sí pero no, escondiendo sonrisas bonachonas y eventos no noticiables en las cabezas salitrosas. Y ahí van los muchachos a convencer de hablar, a anotar, a grabar, a fotografiar, a compartir por un instante la ilusión de aquellas gentes que creen que un estudiante de periodismo puede hacer algo por sus vidas. ¿Cuándo va a salir eso? ¿Ustedes son del canal cuatro o del dos? La marabunta llega siempre así, como promesa.

La marabunta tiene quien odie formar parte de una marabunta. Del grupo de doce, al menos cinco no quieren ser periodistas, aunque algunos aún no lo sepan. De esos cinco, una será una reportera premiada, infeliz pero serena. Otro ocupará la zona burocrática y turbia de la profesión para siempre jamás. Un tercero no terminará la carrera y será artesano vanguardista de la estética que dará origen al hipsterdom. La cuarta dará a los padres el diploma para ser colgado en la sala, junto con el de sus hermanos, y se irá a respirar el mundo con los budistas. Mientras estos cuatro desenamorados concuerdan en que esas salidas de campo son la parte más estimulante de la carrera, la quinta las detesta.

Apartada del grupo, ella está sentada debajo de la sombra pichirre de una mata de uvita de playa, con la mirada clavada en un único pescador que continúa en el mar, sentado inmóvil en su lancha, a merced de la violencia de las olas, como en un ejercicio de estoicismo. Está interrogándole va a saber dios qué incertidumbres, qué milagro o qué mierda al horizonte de la península. Tal vez ese hombre sea una fotografía que valga la pena. Una fotografía o algo más. La cámara le parece grosera de repente, un intruso impúdico, no apto para el silencio del hombre suspenso. Una criatura conjetura a salvo por un momento de su condición de pobre denunciado y denunciante. Una criatura de tal vez escapando de su destino de levantarse a las tres de la mañana y hacer jornadas a oscuras y terminarlas a punta de ron barato, cerveza y cocuy. Una criatura quién que busca silencio quién sabe queriendo recapturar su alma cuando esa veterana se quiere hundir con todo y redes.

“¿Y vos qué, ya hiciste el trabajo?”, un entusiasta la interrumpe, se sienta a su lado en actitud de conquista. Ella se irrita, pero se le pasa rápido: es bonito el muchacho, tiene una tozudez tierna que hace que se le disculpe lo inoportuno. Cuando vuelve del coqueteo, ya no existe más la imagen de la lancha y el hombre. No allá. Aquí: una criatura toda para ella, superficie vacante, íntima de tan hipotética.

Entonces juega un rato a ser aprendiz de periodista, hace unas pocas fotos, se engancha en una conversa poco o nada reporteril, no anota nada, pero puede decir que ejercicio cumplido. Los muchachos se van y resta el entusiasta, que insiste en acompañarla. Con un restito de periodismo encima, ella todavía espera el regreso de aquella lancha que cuanto más tiempo pasa más fantasma se vuelve. Mientras ella bebe toda la cerveza que le invitan los pescadores, el muchachito se entrena en perseverancia.

Toman el bus, ella ya achispada, una mezcla de alcohol y de encantamiento. Le pregunta al entusiasta si le parece bonita la idea del pescador anclado en el mar y el muchacho se ríe, sin entender. Ella quiere contarle del paréntesis de irrealidad que él causó y de todos los derrumbes que eso pronostica, pero él pregunta si ella ya está borracha porque él no sabe de qué demonios está hablando. Ella tampoco, pero algo intuye. En el esplendor del último bus de Ruta 6 de la noche, ella le planta un beso feliz, rápidamente tridimensional, antesala de más y más y más hallazgos.

Portales

Español, Relato

El sol estaba clavado en el cénit y parecía que existía con exclusividad para ese Caribe turquesa, imperdonable de tan bello. Una horda de palmeras encorvadas inducía modorras en aquella brisa caliente del post-almuerzo ecuatorial. La arena era una cobija de sombras que se extendía y huía del paisaje, derramada del mural de la pared hasta la cama, donde arropaba la siesta — institución sagrada — de mis padres. En los dominios de mi cuarto, donde yo dormía soberana e independiente desde un cortísimo siempre, aquella hora y media en que ellos dormían eran una eternidad de aburrimiento en que yo fingía reposar; fuera para complacerlos, fuera para tener un rato de libertinaje infantil.

Mis pequeñas expediciones al afuera — Marielenita, ¿dónde andáis? — eran descubiertas de inmediato y, ese día, como tantos otros, acabé compartiendo la cobija-arena con ellos y saboteándoles irreparablemente el sueño. Entre las mil preguntas habituales que yo hacía y para las que ellos, cuando no tenían una respuesta, se la inventaban, se me antojó preguntar quién era Dios y si yo creía en él. Ellos se miraron y, como quien dice algo que ya tiene planeado hace tiempo en la cabeza, mi papá me dijo que ellos no creían, pero si yo quería creer, podía hacerlo. Entonces les pregunté si ellos creían en la magia y me dijeron que tampoco, pero que creían en la imaginación y esa era más poderosa que cualquier magia, incluido Dios, en todas sus versiones.

Por ejemplo, esa playa que estaba ahí atrás de nosotros, a la cabeza de la cama, podía ser un papel gigante pegado en la pared, pero podía ser también un umbral a ese otro mundo, ¿o es que no yo no había percibido cómo las sombras cambiaban de lugar? ¿No sentía mami a veces alguna cosquilla inexplicable en los pies, causada con certeza por algún cangrejito travieso e interdimensional? Y allá en la sala, donde la pared no era una playa sino un ventanal que daba a un jardín selvático e inmenso, ¿no sería por eso que papi iba hasta allá para agarrar señal en aquel Motorola gigante, primer celular del edificio y motivo de pantallería global? ¡Pero claro! ¡Eso explicaba muchas cosas!

Era cierto que apenas abríamos los cuadernos de dibujo, comenzaban a llegarnos ideas de animales mutantes, cruce de ratón con hormiga y de rinoceronte con lagartija. Y los bautismos de cada creación, cierta manía de títulos, ¿no estaba también relacionada con esos otros portales llamados diccionarios? ¿Y no era sólo encendiendo la lámpara de globo terráqueo, que comenzaban a fluir los juegos de memorizar capitales? Bastaba abrir El hombre que calculaba para que la matemática se apoderara de nosotros y Giraluna para que los tres fuéramos poetas por antonomasia. Apenas abría la puerta del closet y la vista de los zapatos y vestidos de fiesta de mami — según yo, provenientes de una vida anterior y ultrasecreta — me transportaba a juegos de señora rica y famosa, profesora galardonada, madre de María Tumbelina y Andy y esposa del Che Guevara, mi primer amor indiscutible. Él mismo, dueño de otro portal poderosísimo, aquella fotografía en blanco y negro, responsable de mi precoz enamoramiento, colgada en la biblioteca de la salita, desde la cual accedíamos a lecciones de historia reciente de sueños en construcción.

Era cuestión de abrir la ventana para que la maravilla del mundo se apurara a entrar en casa y la alegría y las bravuras y las canciones y los llantos salieran e inundaran la calle. ¿O acaso no había visto yo a aquel transeúnte alegrarse cuando mami dio aquella carcajada el día que papi la asustó con un gruñido y ella derramó el jugo que estaba haciendo para él? ¿No bastaba mirar el reloj-portal para saber que papi estaba llegando? ¿Y no coincidía el movimiento del puntero con su silbido desde la calle y la corrida hasta el balcón y la bajada desesperada por las escaleras? ¿No combinaba el grito de cuidado de mami con el abrazo histérico de María Besito en acción? ¿No estaba sintiendo en los pies la arenita de playa, la brisa del mar, ahí acurrucada entre ellos? ¿No veía ese puntico en el horizonte? ¿No era ese el Granma, aquel barquito improbable en que los barbudos comenzaron la revolución en Cuba? Veía todo eso y veía mucho más porque veía a una niña dueña, a partir de ese día, no sólo de portales, sino del poder para crearlos donde nos los hubiera.