La magia útil

Conto/Cuento, Español

Odio los circos. Odio la idea de los circos. Odio la risa boba de los circos. Odio la gente que ríe la risa boba de los circos. Soy un balde de odio feroz. Un poco por los animales maltratados. Otro poco por los payasos que no dan risa. Pero principalmente por esos estafadores que se hacen llamar magos cuando su magia no es magia, sino truco vulgar. No se equivoquen, tuve una infancia feliz y una adolescencia tragicómica con final aceptable, aunque abierto. No tengo la imaginación atrofiada, es apenas que no soy una comeflor infantiloide. No sufrí un evento traumático, por lo menos no en carne propia. Pero claro que hubo un acontecimiento que transformó mi infantil y genuino desinterés en esta rabia rampante que ahora profeso. Mi odio es un odio con fecha, con nombre y apellido, con coordenadas geográficas.

El circo de los Hermanos Bombita llegó a mi barrio y se instaló en el mismo terreno donde se instalaba, por lo menos una vez al año, el parque de diversiones que dejaba a mi madre enferma de los nervios, por sus aparatos oxidados y su montaña rusa tambaleante. Los Bombita llegaron un miércoles y ya el viernes dieron la primera función. Mis amigos del barrio fueron toditos. Durante días no hablaron de nada que no fuera aquel circo majunche al que pasaron a ir todas las tardes, curiosos por conocer la vida gitana de aquella gente. Qué pereza me daban. Yo, para saciar mi mayor curiosidad, no necesitaba ni siquiera salir de casa. Un muro que no pasaba de la cintura de un adulto me separaba de un mundo que me despertaba muchas más fantasías. Nuestros vecinos, los Quintero. Mamá, papá, hija.

Mamá: Sra. Lola. Dueña de un poder de persuasión capaz de hacer dudar al credo mejor plantado y de una sensualidad que sobrevivía a cualquier tarea doméstica, a cualquier ropa, a cualquier aumento de peso. De día, amiga de largas conversas con mi madre. De noche, la cerca se crecía de moralismos y hasta el amor de los perritos, la de ella y el nuestro, era prohibido. Que esa gente se volvía loca con el alcohol. Que pasaba de todo en esa casa. Que hasta orgías. ¿Mami, qué es una orgía? ¡¿Ay, muchacha, cuándo entraste?! ¡Qué manía la tuya de llegar sin hacer ruido!

Papá: Sr. Alejandro. Pseudo galán a la Richard Gere. Llegaba en las noches, cuando la cerca que nos separaba parecía crecer y las luces se apagaban. “Un pobre hombre que se mataba trabajando” y que, según mis tías y vecinas, lo último que merecía era la esposa putona que tenía, siempre con ese escote de tetas en venta.

Hija: un poco mayor que yo y exótica como su nombre, Pamela. No había cumplido dieciséis y ya era, para mí y mis amigos bicicleteros, la rebelde de la cuadra. Saludaba a todos con un aire de estrella simpática, pero no hablaba con nadie. Ya sabía lo que quería en la vida y lo que quería era mandar a todos a la mierda. Luz de sus padres un día, peste en el siguiente. Mi ídola, ella que era mas bien fea pero en aquel momento nos parecía bella y sexy y ojalá siga siéndolo, que escuchaba Madonna y tenía una perra llamada Madonna y que era bruta en la escuela pero genia en la vida y que decían que era puta y me dolía que le dijeran puta, pero a ella no le dolía porque ser puta, en boca de mis tías, era lo mismo que decir que era libre y se lo daba a quien ella quería cuando ella quería, y si eso es ser puta, entonces está bien ser puta y está bien serlo desde chiquita.

Un circo particular, disponible para mí todas las noches, con publicidad gratis de mis tías y vecinas y que, si la publicidad era cierta, en cualquier momento me sorprendería con un número especial. (Una orgía, ojalá: lo que mi mami no lo explicó, el diccionario me lo cantó clarito). Jueves, viernes, sábado, domingo durante el día, uno que otro lunes: comenzaba la música, comenzaban a llegar los carros, la Sra. Lola que invitaba y mami que ay, gracias, será otro día, porque hoy tengo que, nosotros apurando la cena para guardarnos rapidito y quedar a salvo de las “cosas extrañas” que ocurrían en la casa de los Quintero. Y yo, que sólo esperaba que mi casa se apagara, para escabullirme hasta el patio y sentarme en mi butaca, público de un espectáculo promisor que hasta ahora no había ofrecido más que uno que otro beso infiel y sonidos que, especulando desde mis trece años mal cumplidos y mi repertorio de novelas, denunciaban sexo.

Pero en días de los Hermanos Bombita, mi circo particular también se encircaba. Y un día la Sra. Lola, con pena de mí, le preguntó a mami por qué no me habían llevado al circo todavía. Mi mamá, sintiéndose mal por no haberlo hecho antes, me preguntó si quería ir y yo me encogí de hombros. Sin ganas, entonces no vamos. Y me dio igual. Las ganas que yo venía acumulando desde que los Bombita llegaron eran de decirle al señor del transporte escolar que me esperara un momentico cuando pasábamos por el terreno del circo, mientras yo liberaba a todos los animalitos y los niños y no tan niños, hijos del circo, que ya tenían edad para estar avanzados en el colegio y que, en cambio, estaban ahí, día y noche, cuando no hacían un número, tenían una lista de tareas de mantenimiento que cumplir, según decían mis amigos. Padre payaso borracho y explotador. Madre trapecista deprimida que en cualquier momento se iba a suicidar en escena, lanzándose fuera de la red de seguridad desde el trapecio más alto. Mis ganas eran de prenderle fuego a la carpa de esa gente y decirles que lo que hacían no era gracioso. Mis ganas eran de dejar al descubierto para mis tías, que disfrutaban alegres del espectáculo, que esa gente no era mejor que los Quintero, que ellas encontraban tan monstruosos en sus shows secretos, tan secretos que sólo existían para ellas como conjeturas.

Pero la Sra. Lola no desistía con facilidad. Llegado el día de la última función del circo y todavía sin poder explicarse por qué yo no había ido, decidió invitarme. Antes de aceptar, pregunté si iría Pamela. ¡Claro! Entonces vamos a pedirle permiso a mami. Entonces vamos. Y como la sesión era temprano, mami y papi, amigos diurnos de los Quintero, me dejaron ir.

Pamela parecía tan fastidiada como yo con la fila enorme, pero ella mientras ella se refugiaba en Madonna, que cantaba desde el discman, yo me conformaba con la orquesta de llantos de bebé, carcajadas, regaños, gritos adolescentes de timbres indecisos y chismes en actualización. Pero ahí estaba yo, con mi ídola y su madre. Uña y mugre, a la vista de todos: punto para la chiquita. El olor de borracho sudado y de aceite quemado de los churros me ayudó a imitar la cara de ascofastidio de Pamela. Agarramos buenos puestos, dijo la Sra. Lola que porque ellos eran amigos de los artistas. El show abrió con los payasos y, mientras la platea de desternillaba de reír con sus chistes palurdos, repetidos por todos los malos comediantes del barrio, del país y del mundo, Pamela, con una intimidad sin precedentes, se dedicó a narrarme, personaje a personaje, quién era quién en ese espectáculo lamentable. Los payasos son hermanos, el viejo Bombita, padre de ellos, fue el que empezó el circo y era payaso también, hasta que lo encontraron con un tiro entre ceja y ceja en un puesto de gasolina en la carretera Falcón-Zulia y dicen todos que se lo mereció, hasta los hijos. El más borracho y más gordo, el de la risa gigante, es el marido de la trapecista, mírale el rostro, fíjate cómo no mira el trapecio, cómo no sonríe y cuando sonríe, lo hace como sin ganas imaginas que hoy sí se mate la pobre. Ellos son los padres de este chiquito que hace el número con los poodles, que de tanto andar con los animales ya se le pegó la manía del brinquito y de la alegría sin memoria, pobres perritos tan felices y tan ignorantes de su miseria, yo quiero ser un poodle.

― ¿Y él? ― pregunté.

Pamela había enmudecido con su entrada. Un mago adolescente serísimo, como por concentración o por rabia. Lindo de doler en los ojos. Desamparado en medio de esa gente. El rostro triste de los extraviados. El mago triste jugaba a despedazar a su madre, trapecista del número anterior y asistente de éste, donde su papel era hacerse la descuartizada sin sangre, acostada dentro de una caja.

De vez en cuando, él echaba una miradita al público, claramente buscando a alguien. Hasta que la encontró. Era ella, Pamela. Mi ejemplo a seguir no me defraudaba. Ellos se gustaban y yo los veía y me deleitaba como quien ve una novela en vivo y directo. Hasta que el mago terminó su número y, con él, el único espectáculo posible.

― Él es lo único que sirve en este circo ― me dijo.

Pamela, tristona, volvió a sus audífonos. Yo, sin saber qué decir, intenté concentrarme en los payasos que, una vez más, estaban en el escenario. Dato patético: eran los favoritos del público. De repente sentí que algo me rozaba la oreja. Pamela, cómplice, me prestaba uno de los lados de sus audífonos. “La isla bonita” retumbó en mi cabeza y sentí que a partir de ese momento, algo de su rebeldía/putería había entrado en mí junto con Madonna y agradecí a los Hermanos Bombita por haber auspiciado ese instante.

Cuando llegamos, ya mi madre se estaba poniendo nerviosa. Estaba cayendo la noche y, con ella, la orgificación de la familia Quintero. De hecho, el Sr. papá de Pamela, whisky en mano, estaba sacando las cornetas. Nos saludó con la lengua ya enrollada. Las chicas del can comenzaron a cantar y la pachanga prometía. ¿Seguras que no quieren venir? Gracias, pero no, mañana hay que madrugar. ¡Pero si hoy es viernes! Buenas noches, buenas noches, buenas noches y a guardarnos. Yo lo que más quería era aprovechar el puente que se había creado entre Pamela y yo y consolidarlo con conversas de amigas, con una pijamada, algo, ¡algo! Pero: A guardarnos, dije.

Y yo, a masticarme la frustración debajo de la cobija. Al lado la música y las risas y el baile vibrando. Y de repente, aquella risa. Qué sueño ridículo. Aquella risa gigante del payaso borracho. Sueño, nada. Me asomé por la ventana: eran ellos. La familia Bombita a todo color. Confirmé que mis padres dormían y me vestí otra vez. Salí corriendo calladita y me entretuve mirando la fiesta desde el murito. Si me veían, seguro me llamarían, a esa hora ya a nadie le iban a importar las excusas de mi madre. Pero mis ganas de deshicieron rápido cuando no encontré a Pamela entre los participantes. No debió sorprenderme, ella, igual que yo, no quería nada con esa gente. Si quería, era con un espécimen muy específico dentro de aquel grupo vulgar. Fui hasta la ventana del cuarto de ella. Nadie. Entonces todo hizo sentido. Fui hasta el patio segura de que allí estarían. Y no me equivoqué. Ella debe haber percibido que alguien la miraba porque suspendió un segundo el beso que le daba al mago, ya no tan triste, para mirarme. Me picó el ojo. Y yo, torpemente, intenté picarlo de vuelta. La música camuflaba algo que parecía ser un grito y cuando logramos entender, ya él estaba allí. Pamela vio a su padre y salió corriendo, asustada como nunca pensé que se asustarían las heroínas. El mago, que no había percibido mi presencia, se quedó ahí, mascullando maldiciones en lo oscuro, mientras Pamela era alcanzada por su padre, más pseudo-galán que nunca, más pseudo-padre que nunca, que la enlazaba impertinente y manito suelta, ya borracho de arrastrarse.

Desde la cerca, los seguí hasta la puerta. La Sra. Lola, al ver entrar al marido y a la hija toqueteada, tuvo un segundo de entorpecimiento, de esquivar la mirada de la hija, y huyó a la cocina a preparar una nueva bebida. Y ahí sí, su sensualidad se me volvió piedra.

El mago triste regresó del patio y me vio, yo que ya no estaba ni escondida ni en penumbras, sino con una decepción de luces prendidas encima de mí.

― ¿Y tú, qué? ¿No deberías estar durmiendo? ― Habló más alto de lo que debía.

Le hice una señal pedigüeña para que guardara silencio.

― Yo vivo aquí al lado.

― ¿Estás escapada?

― Mas o menos.

― ¿Estás escapada y lo mejor que se te ocurre es venir aquí? Tú estás muy chiquita para estar tan loca.

― Tengo casi trece. Y no podía dormir.

― Y ahora vas a poder menos.

Sacó un cigarro y se puso a fumar lo que yo, años después, sabría que era marihuana.

― ¿Por qué tú estás siempre tan triste?

El mago adolescente triste me ofreció de su cigarrillo extraño y, no sé por qué, le dije que no. Tal vez fue la infancia queriendo resistir en mí, después de aquella imagen que me lanzaba de cabeza en un mundo adulto, sucio, inexplicable.

― ¿No te gusta ser mago? A mí me gustó el truco aquel, el de desaparecer gente.

― Yo lo quiero es desaparecer de verdad a tanta gente de mierda.

Él apagó el cigarrillo y lo guardó en un estuchito.

― ¿Pero cómo vas a saber quién merece desaparecer?

― De aquí, sólo se salvaría ella.

― Pero eso no es magia, eso es asesinato, secuestro, qué se yo.

― Es magia útil.

De mañana, la cerca que separaba mi casa de la de los Quintero, me pareció más alta que nunca. Desperté con la noticia y con mi madre haciéndose la señal de la cruz por haberme dejado salir con esas perdidas. Mis tías y vecinas, que confirmaron la calidad de monstruos de los Quintero pero que nunca supieron quién era quién en esa casa, tuvieron más razones todavía para decir que Pamela era puta, después de que, aquella madrugada, cuando ya yo dormía, ella y el mago antes triste se fugaron juntos. Juntos, con la alegría de haber encontrado un amparo, lejos de los trapecios y las madres descuartizadas, lejos de las omisiones dolorosas y de un padre que no supo ser padre, lejos del circo de afuera y del de adentro.