Portales

Español, Relato

El sol estaba clavado en el cénit y parecía que existía con exclusividad para ese Caribe turquesa, imperdonable de tan bello. Una horda de palmeras encorvadas inducía modorras en aquella brisa caliente del post-almuerzo ecuatorial. La arena era una cobija de sombras que se extendía y huía del paisaje, derramada del mural de la pared hasta la cama, donde arropaba la siesta — institución sagrada — de mis padres. En los dominios de mi cuarto, donde yo dormía soberana e independiente desde un cortísimo siempre, aquella hora y media en que ellos dormían eran una eternidad de aburrimiento en que yo fingía reposar; fuera para complacerlos, fuera para tener un rato de libertinaje infantil.

Mis pequeñas expediciones al afuera — Marielenita, ¿dónde andáis? — eran descubiertas de inmediato y, ese día, como tantos otros, acabé compartiendo la cobija-arena con ellos y saboteándoles irreparablemente el sueño. Entre las mil preguntas habituales que yo hacía y para las que ellos, cuando no tenían una respuesta, se la inventaban, se me antojó preguntar quién era Dios y si yo creía en él. Ellos se miraron y, como quien dice algo que ya tiene planeado hace tiempo en la cabeza, mi papá me dijo que ellos no creían, pero si yo quería creer, podía hacerlo. Entonces les pregunté si ellos creían en la magia y me dijeron que tampoco, pero que creían en la imaginación y esa era más poderosa que cualquier magia, incluido Dios, en todas sus versiones.

Por ejemplo, esa playa que estaba ahí atrás de nosotros, a la cabeza de la cama, podía ser un papel gigante pegado en la pared, pero podía ser también un umbral a ese otro mundo, ¿o es que no yo no había percibido cómo las sombras cambiaban de lugar? ¿No sentía mami a veces alguna cosquilla inexplicable en los pies, causada con certeza por algún cangrejito travieso e interdimensional? Y allá en la sala, donde la pared no era una playa sino un ventanal que daba a un jardín selvático e inmenso, ¿no sería por eso que papi iba hasta allá para agarrar señal en aquel Motorola gigante, primer celular del edificio y motivo de pantallería global? ¡Pero claro! ¡Eso explicaba muchas cosas!

Era cierto que apenas abríamos los cuadernos de dibujo, comenzaban a llegarnos ideas de animales mutantes, cruce de ratón con hormiga y de rinoceronte con lagartija. Y los bautismos de cada creación, cierta manía de títulos, ¿no estaba también relacionada con esos otros portales llamados diccionarios? ¿Y no era sólo encendiendo la lámpara de globo terráqueo, que comenzaban a fluir los juegos de memorizar capitales? Bastaba abrir El hombre que calculaba para que la matemática se apoderara de nosotros y Giraluna para que los tres fuéramos poetas por antonomasia. Apenas abría la puerta del closet y la vista de los zapatos y vestidos de fiesta de mami — según yo, provenientes de una vida anterior y ultrasecreta — me transportaba a juegos de señora rica y famosa, profesora galardonada, madre de María Tumbelina y Andy y esposa del Che Guevara, mi primer amor indiscutible. Él mismo, dueño de otro portal poderosísimo, aquella fotografía en blanco y negro, responsable de mi precoz enamoramiento, colgada en la biblioteca de la salita, desde la cual accedíamos a lecciones de historia reciente de sueños en construcción.

Era cuestión de abrir la ventana para que la maravilla del mundo se apurara a entrar en casa y la alegría y las bravuras y las canciones y los llantos salieran e inundaran la calle. ¿O acaso no había visto yo a aquel transeúnte alegrarse cuando mami dio aquella carcajada el día que papi la asustó con un gruñido y ella derramó el jugo que estaba haciendo para él? ¿No bastaba mirar el reloj-portal para saber que papi estaba llegando? ¿Y no coincidía el movimiento del puntero con su silbido desde la calle y la corrida hasta el balcón y la bajada desesperada por las escaleras? ¿No combinaba el grito de cuidado de mami con el abrazo histérico de María Besito en acción? ¿No estaba sintiendo en los pies la arenita de playa, la brisa del mar, ahí acurrucada entre ellos? ¿No veía ese puntico en el horizonte? ¿No era ese el Granma, aquel barquito improbable en que los barbudos comenzaron la revolución en Cuba? Veía todo eso y veía mucho más porque veía a una niña dueña, a partir de ese día, no sólo de portales, sino del poder para crearlos donde nos los hubiera.